Verano y cine

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Fernando Barbero Carrasco*

Pasaron muchas cosas aquel verano en mi pueblo.

Por ejemplo: lo que ocurrió cuando un tripulante del submarino, al sumergirse este de manera urgente, se dejó atrapar un dedo por la compuerta. Richard Widmark lo liberó de un solo tajo de su afiladísimo cuchillo; le dejó sin un dedo pulgar, pero salvó la nave y a su dotación. También hubo mucho amor, celos y pasiones desbordadas. Sin ir más lejos, Liz Taylor, Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Rita Hayworth y Brigitte Bardot se enamoraron; es cierto que al principio sus respectivos idilios no iban demasiado bien, pero al final (menos mal), consiguieron sus objetivos y los pobres y manipulables hombres cayeron rendidos en sus brazos. En realidad, lo que a mí me extrañó fue que Rock Hudson o Alan Ladd, no claudicaran a la primera.

Soñaba con que alguna de estas mujeres aparecía paseando una mañana dominical por el Bulevar, cerca del monumento a los caídos. Me preguntaba si sería capaz de acercarme y hablándole con voz grave, podría invitarle a tomar un vermut en el Alpi.

Entre película y película (la doble sesión era obligatoria e imprescindible), ponían anuncios con dibujos animados: el borreguito de Norit saltando feliz y limpio o la fila de africanos (igual que en las pelis de Tarzán) que cantaban: «Yo soy aquel negrito…». Y mientras, los sonidos de vasos y botellas llegaban a nosotros nítidamente desde el ambigú; separado del resto del cine por un simple tabique al aire libre.

Hacia septiembre, nuestras madres nos obligaban algunas noches a llevar una manta. Nosotros nos negábamos, muy dignos, pero después nos resultaba muy cómodo arrebujarnos en el cálido tejido.  Mientras nos comíamos el inmenso bocadillo de tortilla con pimientos, observábamos las praderas de Utah con sus montañas, tan erectas y rojas o los mares de Hawai, más familiares ya para nosotros que los cerros yeseros de los alrededores.

El cine Tirso de Molina de verano de Vallecas se constituía, en verano, en un espacio social: allí, los hombres iban al bar a tomar unos vinos o unas cervezas; las mujeres hablaban de sus cosas en círculos que formaban con las sillas plegables y los chicos corríamos persiguiéndonos o pergeñábamos estrategias para acercarnos a las chicas (y viceversa).

No estaba mal para unos chicos de pueblo: habíamos visto las montañas de Los Andes y de Los Alpes; el desierto del Sáhara y los siete mares (la exactitud de la cantidad me hundía en el estupor). Es cierto que aun no conocíamos el Museo del Prado (a escasos siete kilómetros) y que en Vallecas no había una sola biblioteca, pero de momento, nos apañábamos. Sí, había una en el Puente, pero yo no conocía a nadie que utilizara el autobús o el trolebús para hacer el recorrido, hasta el lugar en el que se podían tomar en préstamo los libros autorizados por la censura franquista. Mucho más adelante compraríamos los libros prohibidos en los puestos de la Cuesta de Moyano, en Atocha. Pero eso fue mucho después.

Íbamos al cine de verano (no nos apartemos de la historia), con la ilusión dibujada en nuestras sonrisas. El espacio, de tierra dura y seca, era la síntesis del placer y de las relaciones sociales vallecanas en los años 50 y 60. Nuestros sueños y esperanzas eran la inmediatez más absoluta. Vivíamos el día a día más rabioso y no establecíamos tácticas para el futuro, ¡qué va!

Éramos felices, aunque nadie pronunciaba esta palabra. Como Rilke dejó escrito, «la verdadera patria de las personas es su niñez».

 

* Fernando Barbero Carrasco es ensayista. Tiene varios libros de relatos e historia. 

 

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4 Responses to "Verano y cine"
  1. Marisa Palacios dice:

    Digno relato de Fernando. Grande, humilde, cercano y vallecano de pro, siempre. Fantástico, Fer!!!

  2. José Icaria dice:

    Excelente, Fernando, qué bien fluyen las ideas y el lenguaje. Un hermoso cuento, felicidades.

  3. Gloria Bermejo dice:

    ¡Qué tiempos aquellos y qué mayores nos vamos haciendo! magnífico relato como todos los tuyos

  4. laura ezagui dice:

    Hermoso camino hacia la infancia, juventud y recuerdos bien llevados, al leerlo, inevitablemente recordás tu viejo barrio, donde siempre se contaba con su cine, plaza, biblioteca.
    Lindo leer y a la vez disfrutar, muy agradable Fernando, gracias.

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