REPORTAJE

El fin del trabajo es un debate que se produce. La renta básica, propuestas neokeynesianas, ingresos mínimos vitales, son algunas soluciones que se proponen.

El trabajo ha muerto, ¡viva el trabajo!

  • La robotización amenaza un 9% de los empleos de la OCDE, según un estudio
  • Hay propuestas como la renta básica universal o planes keynesianos de trabajo garantizado desde el Estado para paliar la precarización
  • ¿Es el final del trabajo una mala noticia?

El día 9 de enero hubo una imagen que llenó informativos: el tráfico de Londres estaba colapsado. La razón tenía que ver con una huelga de los trabajadores de metro, que protestaban por la eliminación de 800 puestos en las taquillas y su sustitución por máquinas. Curioso. Miles de trabajadores teniendo dificultades para llegar a sus puestos por una protesta cuyos motivos les debería hacer reflexionar, y encima en el país donde empezó todo. La diferencia con la Revolución Industrial, cuando “muchos trabajos fueron automatizados”, es que, aun así, “se crearon nuevos empleos que necesitaban mayores habilidades”, dice el británico Paul Manson, uno de los portavoces de la que se avecina. Sin embargo, “ahora no se dan las circunstancias para pensar que la tecnología creará más puestos de trabajo”. ¿Es eso cierto? ¿Estamos ante el principio del fin del trabajo? Veamos.

El 9% de los empleos en 21 países de la OCDE tienen serio riesgo de acabar automatizados. Lo dice un estudio comparativo que refleja importantes diferencias entre Estados. Mientras que en Corea del Sur ese riesgo está en el 6%, en España está en el 12%, ocupando así el primer puesto de la tabla empatada con Austria y Alemania. Los contrastes tienen que ver con las diferentes formas de organizar los lugares de trabajo, la inversión previa en automatización y el nivel educativo de los trabajadores. Respecto a esto último, hay que señalar que la media de riesgo de automatización en empleados con estudios primarios está en el 53% (el 56% en España), mientras que es prácticamente cero en titulados universitarios, especialistas y doctores.

Esto en el mejor de los casos. Existe otro estudio, esta vez más controvertido. Está elaborado por economistas de la Oxford Martin School y lo financia el banco de inversión Citigroup. En él sitúan la media de riesgo de automatización en los países de la OCDE en el 57%. Es decir, que más de la mitad de los empleos que hoy existen, incluso muchos que van más allá de las tareas rutinarias, desaparecerán de aquí a 20 años, siempre según los autores de esa investigación.

A esto hay que añadir el estado actual de las cosas y que se resume en la presente precariedad laboral. “La precarización del empleo es debido a un exceso de oferta de trabajo en relación a la demanda existente, una demanda que, además es crecientemente puntual, por ello la precarización se manifiesta a dos niveles: vía contratos temporales y/o a tiempo parcial, o a través de remuneraciones reducidas”, afirma Santiago Niño Becerra, catedrático de Estructura Económica de la Universidad Ramón Llull.

Para verlo, resulta bastante útil la metodología que sigue el departamento estadístico de empleo de Estados Unidos. Allí publican su tasa de paro elaborada, como aquí, conforme a los criterios de la Organización Internacional del Trabajo. Pero tienen otras en las que añaden diferentes perfiles (desanimados, gente que quiere trabajar pero no busca activamente y quienes trabajan a tiempo parcial pero desean un empleo a tiempo completo). La medida conocida como U6 los agrupa a todos. En España hay que calcularla a mano a partir de los microdatos de la Encuesta de Población Activa (EPA). Afortunadamente lo hace Florentino Felgueroso, investigador asociado de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea). Como resultado vemos que la “U6 española” en el tercer trimestre de 2016 estaba en el 29%, poco más de 10 puntos por encima de la tasa de paro oficial. En el peor momento de la “U6 española”, en 2013, la diferencia fue de 11,7 puntos. Desde entonces la tasa de paro ha descendido un 30%, pero la U6 lo ha hecho menos, casi un 25%.

La temporalidad en España (en el 26,47% a cierre de 2016) es de las más altas de Europa.  La tasa de trabajo a tiempo parcial involuntario (personas que trabajan unas horas porque no encuentran un empleo a tiempo completo) tocó techo en el segundo trimestre de 2014, con el 10,4% sobre el total de ocupados. En la última EPA se sitúa en el 9,2%, con 1,7 millones de personas en esa situación. Antes de la crisis, en el último trimestre de 2007, la tasa estaba en el 3,6%. La firma de contratos, por precarios que sean, saca nombres de las listas del desempleo. El problema es que aún con esas, la tasa de paro en España continúa siendo muy elevada, un 18,6% a cierre de 2016. A eso hay que añadir que el sistema productivo ni siquiera fue capaz de bajar el desempleo más allá del 7,9% en plena burbuja inmobiliaria.

Respecto a los salarios, hay medio millón de personas más cobrando menos de 300 euros desde 2008, según la Agencia Tributaria. En 2015, fecha de los últimos datos de este departamento, había casi 3,7 millones de asalariados con unas rentas salariales que no alcanzaban ni la mitad del salario mínimo, o sea, que no pasaban de 378 euros brutos al mes en 12 pagas.

¿Qué está pasando? ¿Está fallando el mercado laboral? “Si aceptamos que el mercado de trabajo asigna oferta de trabajo a una determinada demanda y que tal asignación se realiza libremente con arreglo a los principios capitalistas, no”,  argumenta Niño Becerra. Dicho de otra manera, “en la sociedad capitalista el objetivo no es el bienestar de la población, el objetivo es la rentabilidad”, declara Xabier Arrizabalo, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid. Esa rentabilidad robotizando ya es posible en muchos casos.

El futuro del trabajo

Una semana laboral de 15 horas en 2030. Es la predicción que hizo el economista John Maynard Keynes en 1930. Trabajar tres horas por día suena utópico cuando faltan apenas 13 años para llegar a la meta que colocó el británico. En el futuro que imaginó, los avances técnicos harían inútil trabajar más que eso. Tendríamos más tiempo libre para nuestras cosas.

El economista Lluís Torrens y el sociólogo Eduardo González de Molina Soler creen que, en parte, ya se ha cumplido ese vaticinio, aunque no lo parezca. “Con datos de la contabilidad nacional, si dividimos el total de horas trabajadas en el Reino de España el 2015 por la población entre 16 y 64 años, el promedio es de 19,96 horas semanales cuando fueron 22,51 el 2008. A este ritmo llegamos a las 15 el 2030”, dicen en el artículo La garantía del tiempo libre: desempleo, robotización y reducción de la jornada laboral. Sólo hay un problema: el reparto. “Mientras unos trabajan remuneradamente cero horas, otros pueden llegar hasta las 12 diarias”, sentencian.

La robotización de las tareas es algo que está encima de la mesa de los que toman decisiones en las empresas. El Informe Adecco sobre el futuro del trabajo en España refleja que este fenómeno es la máxima preocupación para el 40% de los directores de Recursos Humanos entrevistados. Le dan un 5 en una escala de 1 a 5, mientras que un 32,5% de esos altos cargos le pone un 4.

Para Paul Manson esto es el final del neoliberalismo, “la doctrina económica que ha dominado el mundo desde la caída del muro de Berlín”, comenta este jefe del área de Economía del Channel 4 británico y autor de Postcapitalismo: hacia un nuevo futuro (editado en España por Paidós). “Es verdad que puede que, en un escenario de ocupación precaria, Juan sustituya a Pedro, pero el desempleo estructural en horas de trabajo equivalente a tiempo completo configura una realidad de desempleo crónico aunque quede disfrazado de subempleo. Esta tendencia va a más en España y en todas partes porque en mayor o menor medida las necesidades de factor trabajo son decrecientes”, sentencia Niño Becerra.

La cuestión es si es necesariamente desfavorable esa tendencia. ¿Qué tiene de malo que los avances tecnológicos nos dejen más tiempo para desempeñar las tareas que realmente nos gustan? “¡Basta ya, a la mierda el trabajo!”, exclama el profesor de Historia en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, James Livingstone, en un artículo en la revista Aeon y traducido en España por la revista CTXT. “¿Cómo sería nuestra sociedad y civilización si no tuviéramos que ‘ganarnos’ la vida, si el ocio no fuera una opción, sino un modo de vida?”, se pregunta.

Superar el trabajo

El que más o el que menos ha pensado alguna vez en librarse de trabajar, sobre todo quien no se siente realizado. Marx y Engels hablaban de saltar del estado actual de las cosas, con el trabajo impuesto, a regular “racionalmente el intercambio de materias con la naturaleza” para, al final, reducir al máximo la jornada laboral y tener más tiempo para desarrollar nuestras “capacidades creativas”. “Imaginemos que no dedicamos ni una sola hora de trabajo a la producción armamentística, al gasto en publicidad con fines persuasivos. Imaginemos que no hay desempleo, que no hay capitalistas que no trabajan. Estaríamos verificando que, con pocas horas de trabajo, produciríamos lo que necesitamos”, dice el economista marxista, Xabier Arrizabalo.

Ya. Pero mientras, ¿de qué vivimos?, se pueden preguntar muchos. Una propuesta pasa por la renta básica universal, un instrumento que consiste en el pago de una renta a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo. Todos (ricos y pobres) reciben lo mismo.

La renta básica es una idea que, más allá de las dudas que plantea, ha conseguido unir a académicos de muy diferente tendencia ideológica, incluso parte de la élite empresarial se ha subido al carro. El politólogo conservador Charles Murray defendió recientemente en The Wall Street Journal un ingreso garantizado para cada americano de 833 dólares al mes. Al otro lado, el exministro de Finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis, ha sido otro de los defensores de esa renta básica universal, y recientemente Benoît Hamon, el elegido candidato del Partido Socialista francés a la presidencia de la República. Desde Silicon Valley, el inversor Paul Graham apuesta por un instrumento así, como hace Elon Musk, cofundador de Paypal, Tesla Motors y otras grandes empresas, que predice un futuro con renta básica y tiempo libre para hacer trabajos que nos satisfagan.

¿Por qué ese extraño maridaje? “Defender la renta básica en sí no dice nada”, comenta Daniel Raventós, profesor de Sociología en la facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona y presidente de la Red Renta Básica. “La puede defender Charles Murray, que habla de desmantelar el Estado del bienestar y luego hay otras propuestas, como la nuestra, que habla de redistribución de la riqueza”.

Efectivamente, la diferencia está en qué hacemos a cambio para financiar la renta básica universal. Por un lado Murray defiende terminar con lo que llama transferencias sociales (subsidios, ayudas públicas o servicios del Estado) para sustituirlas por un pago mensual que, según él, simplificaría la burocracia. Por contra, desde España, Raventós habla de una reforma fiscal que incluye una modificación del IRPF “por la que pierde el 20% más rico de la población, y gana el 80% restante”.

Si tanta gente lo ve posible ¿por qué no ocurre? El antropólogo y activista David Graeber cree que mientras la tecnología nos hace la vida más fácil  y los trabajos productivos, “como se predijo, se han automatizado”, comentaba en 2013 en Strike! Magazine, no ha habido una reducción masiva de horas de trabajo “para liberar a la población del mundo para perseguir sus propios proyectos”, dice. “La clase dominante ha descubierto que una población feliz y productiva con tiempo libre en sus manos es un peligro mortal”, sentencia.

La precariedad en el debate político

En España hay casi 1,4 millones de hogares con todos sus miembros en paro. Es la cifra oficial a cierre de 2016. Los trabajadores pobres rondan el 15%, según el último informe de Expulsión Social de la Fundación Foessa (adscrita a Cáritas). ¿Cuándo va a comenzar esto a ser un problema? “Pienso que ya hemos llegado ahí”, dice Niño Becerra. “Aunque supongamos que un 15% de los desempleados esté trabajando en la economía sumergida, a lo que llegamos es a una tasa de paro real que no baja del 16%. Ese es el nivel de empleo estructural, es decir, inabsorbible”, añade el catedrático catalán.

Después de un análisis (y crítica) a los indicadores de pobreza laboral que existen, Florentino Felgueroso concluye en el blog Nada es Gratis que los datos “parecen indicar que ya partimos de una tasa de pobreza elevada antes de la crisis, que ha crecido sustancialmente durante la misma [...], que la creación de empleo parece tener un impacto limitado en las tasas de pobreza y que nuestro sistema de prestaciones sociales no ha sido capaz de evitar el aumento de la pobreza entre los desempleados pero sí entre los jubilados”.

Este es un debate presente ya en la política española y con diferentes reflejos en los programas electorales. Podemos fue el primer partido en recoger la renta básica universal en su programa. La incluyó en el de las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, las primeras en las que se presentó.

“Fue una propuesta impecable”, dice Daniel Raventós. Lo afirma con tono nostálgico porque luego el partido se echó atrás. El modelo de renta básica que propuso entonces la formación morada coincide con la del profesor: todos los ciudadanos la reciben, tendrá un valor mínimo correspondiente al umbral de pobreza, no reemplazará al Estado del bienestar y se financiará mediante una reforma del IRPF.

Raventós habla de una paga mensual acorde con el umbral de pobreza (unos 650 euros). Los menores de edad recibirían el 20%. Con ello se eliminaría de un plumazo la pobreza “en términos estadísticos”. Además, en el mercado laboral, los trabajadores precarizados ganarían “poder negociador, porque no es lo mismo estar en una situación en la que no tienes nada, a estar en otra en la que tienes 650 euros.”

Las críticas a tal medida son comunes. La más extendida tiene que ver con la financiación. ¿Y esto, cómo lo pagamos?. Según los cálculos de Daniel Raventós, los catedráticos Antoni Domenech y Jordi Arcons y el profesor Lluís Torrens con datos fiscales de 2010, la factura sería de 145.000 millones. Pero hay que tener en cuenta los efectos de la reforma del IRPF y la eliminación de subsidios y ayudas públicas que estén por debajo de 7.421 euros anuales (el umbral de pobreza en 2010 y lo que recibirían los mayores de edad en concepto de renta básica). Lo primero transferiría 35.000 millones del 20% más rico al 80% más pobre, y lo segundo, ahorraría al Estado 93.000 millones. Total, la renta básica saldría por 24.000 millones. “Es financiable”, sentencia Raventós. Aun así el coste final equivaldría a casi el 2,5% del producto interior bruto de España.

Hay otra duda. ¿Qué haríamos con ese dinero? Aquí los golpes vienen también desde la izquierda. Para Eduardo Garzón, economista y asesor del área de Economía y Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, “si se da libertad, se corre el riesgo de que, con una renta básica, la gente haga lo que desde el sistema le invitamos a hacer: comprar ropa u otras cosas para seguir alimentando el consumismo”.

Garzón compra el argumento de la precarización actual del empleo, pero no el de la robotización como amenaza. “Es una exageración”, afirma. “Los países que más densidad de robots tienen por trabajador son aquellos que tienen una tasa de paro inferior al 5%, como Corea del Sur, Japón o Alemania”. Para este economista hay muchos trabajos que hacer. “Podemos decir que en un colegio no haya 30 alumnos por clase, sino 15, o 10. Eso es una forma de incrementar puestos para algo importante. Pero también hay puestos que cubrir en sanidad, cuidado a niños, dependientes y mayores, en cuidados al medio ambiente...”. En conclusión, el trabajo se puede crear desde la política. Por eso se decanta por planes llamados Job Guarantee o Trabajo Garantizado, por los que el Estado ofrece empleo.

Se trata de una propuesta keinesiana que tuvo su reflejo en el programa electoral de Izquierda Unida en las últimas elecciones generales. La formación se presentó en coalición con Podemos pactando unos puntos comunes y a la vez llevando planteamientos propios como este. Eduardo Garzón, hermano de Alberto, coordinador general de IU, es uno de los diseñadores del plan.  

Mediante este instrumento, se crearía un millón de puestos de trabajo en el primer año en el sector sanitario, educativo, cultural o de energías renovables. El sueldo iría de 867 a 1213 euros brutos en 12 pagas, dependiendo de la cualificación del trabajador. El coste durante los primeros doce meses sería de 9.400 millones de euros, resultado del pago de salarios y materiales, menos el ahorro en prestaciones por desempleo y la recaudación de IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades. “La propuesta era una primera piedra de algo mucho más ambicioso, porque la intención es conseguir el pleno empleo en un contexto de intervención del Estado”, comenta Garzón.

Hasta aquí las propuestas más radicales. Hay otras que evidencian que la precariedad es ya un problema. Una de estas tiene que ver con los ingresos vitales mínimos. Se diferencian de la renta básica en que tienen condicionalidad. En general se dirige a parados de larga duración sin o con escasos ingresos. Actualmente muchas de esas ayudas las gestionan las comunidades autónomas, que componen un mapa muy heterogéneo tanto en cantidades ofrecidas (300 euros de Murcia vs. 662 del País Vasco) como en condiciones de acceso, como muestra el Informe sobre los Sistemas de Rentas Mínimas.

Recientemente el PSOE ha pactado defender la propuesta que hicieron los sindicatos UGT y CCOO a través de una Iniciativa Legislativa Popular respaldada por 700.000 firmas de ciudadanos. Se trata de impulsar un ingreso de 426 euros mensuales y que sea compatible con otras rentas siempre que no sean prestaciones de la Seguridad Social y no lleguen al 75% del salario mínimo. Esta propuesta ha pasado el primer trámite parlamentario, aunque tiene pocos visos de prosperar si no la acepta el Gobierno, ya que puede bloquearla, según recoge la Constitución, si supone un aumento del gasto público.

Otra idea tiene que ver con los complementos salariales. Aunque los detalles son diferentes, es una propuesta que incluían Ciudadanos y Podemos en sus programas electorales. Consisten en garantizar unos ingresos mínimos que salen de la suma de la ayuda y las rentas salariales del beneficiario. Ciudadanos lo acota a los trabajadores con ingresos insuficientes y Podemos habla de una renta para quienes no tienen ingresos y que sea compatible con los salarios bajos que reciben algunos trabajadores, es decir, es un complemento salarial extendido. Esta última idea se parece a la que incluye Pedro Sánchez en su programa de la carrera para volver a ser secretario general del PSOE. Ahí se habla de la renta básica como un objetivo a largo plazo. Mientras, se propone un impuesto negativo del que se beneficiarían asalariados pobres y personas sin ingresos. 

Estas propuestas encuentran el rechazo frontal de Daniel Raventós. Hace tiempo los sindicatos “nos invitaron a participar y lo más amable que les dije es que era una barbaridad”. El profesor cree que los subsidios condicionados desincentivan a las personas “porque son incompatibles con otras fuentes de renta”, mientras que su propuesta de renta básica universal no. “Son subsidios condicionados y además muy miserables”, zanja.

Para Xabier Arrizabalo tanto la renta básica como el trabajo garantizado son “brindis al sol”. Y añade, “tenemos un sistema de pensiones impugnado con pagas de miseria y que no sólo nos planteamos combatir su ataque, sino que se defiende que debería haber una suerte de pensión general. ¿No es profundamente contradictorio?”. Para este economista “está clara la cuestión: en el marco capitalista no hay solución a estos problemas”.

“A corto y a medio plazo será imprescindible una renta básica”, comenta Niño Becerra. Además “podría implantarse ya. El Doctor Raventós y sus colaboradores han realizado estudios que lo demuestran. Quedarían matices como si su importe debería ser igual para todos los territorios de un país independientemente de su nivel de inflación o si la imposición directa debería tener más peso que la indirecta”.

De momento sólo el Partido Popular, que gobierna en minoría, se aferra a la idea de creación de puestos de trabajo como solución única a la pobreza. Una de las últimas manifestaciones en este sentido corresponde al propio presidente Mariano Rajoy en una reciente entrevista en Onda Cero. “En 2020 podemos llegar a los 20 millones de ocupados, es nuestro objetivo”, dijo.

Lo que está claro es que hay un maremagnum de propuestas (subida del salario mínimo, derogación de la última reforma laboral o de las dos últimas, renta básica, ingresos mínimos…). Más o menos criticadas, más o menos acertadas, todas proceden de un diagnóstico: el futuro del trabajo será muy diferente y los caminos conducen al bienestar o a la precariedad y, al menos de momento, nos gustaría tomar el primero.

 

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