REPORTAJE

España y su diversidad de partidos

  • Los partidos han sido una importante herramienta de participación democrática, pero no la única.
  • El funcionamiento de las formaciones políticas ha de ser democrático, según la actual Constitución.

En nuestro país se sucedieron dos periodos democráticos durante el siglo XX. El primero, aunque más breve, tuvo una gran relevancia histórica y política. Fue la Segunda República. Y, el segundo, es en el que vivimos actualmente, fue establecido en 1978. Ambas etapas se han alzado –con sus defectos y virtudes– como sendos regímenes constitucionales, en los que las libertades y la participación se han incrementado notablemente.

En los dos ejemplos, los partidos se han conformado como una de las herramientas destacadas para expresar el pluralismo. Sin embargo, existen diferencias y similitudes entre los sistemas partidarios habidos en dichos periodos. En cualquier caso, para definirlos, “encontramos dos elementos nucleares: a. la existencia de varias formaciones y b. las pautas de interacción entre ellas”, asegura la politóloga Paloma Román. La mencionada interacción ha de ser competitiva y, en la misma, influyen factores como la composición de los votantes, su comportamiento frente a las urnas o la ley electoral.

El primer tercio del siglo XX.

Dicho esto, y para comenzar el relato, nos debemos remontar a la situación previa a la Segunda República. Era el periodo de la Restauración. Se trató de una realidad en la que no se observaba una competencia real entre las diferentes fuerzas. Fue el periodo del turnismo. “Conservadores y liberales ensayaron un bipartidismo forzado”, asegura Paloma Román.

Sin embargo, este modelo acabó por quebrarse –Miguel Primo de Rivera mediante–. Y, en este contexto, surgió la República. Trajo consigo un modelo más democrático y participativo en todos los aspectos, también en lo relativo a las formaciones políticas. “El hecho más sobresaliente consistió en la falta de continuidad con el sistema de partidos de la monarquía, tanto en denominaciones como en personas”, asegura Román.

Una opinión que es compartida por el historiador Santos Juliá. “La dictadura de Primo de Rivera puso fin al turno político y, con él, remató a ese enfermo en el que se habían convertido las fuerzas dinásticas. […] También se vaciaron de sustancia las redes sociales caciquiles en las que se sustentaba”, escribe en El sistema de los partidos en la Segunda República.

En este sentido, ¿cuáles fueron las características del nuevo modelo? El catedrático Manuel Ramírez habla de «pluripartidismo extremo». “El régimen se encontró y vivió con grupos creados con precipitación –y, a veces, con la única intención de ayudar a instaurar la República–, de escasa o nula estructura organizativa, lastrados por el personalismo y con no pocas faltas de coherencia en sus alternativas programáticas”, asegura en Sistema de partidos y parlamentario durante la Segunda República española. “El PSOE fue la única formación seriamente organizada. Luego, con el paso del tiempo, la derecha encontró otra excepción: la CEDA”, complementa.

En cualquier caso, Santos Juliá va más allá. “El análisis del sistema de partidos en la República no puede realizarse atendiendo únicamente a si en él se daban o no las características que definen un modelo. Se han de estudiar las tendencias que lo moldearon, pues el paso de los años –e, incluso, de los meses– fue decisivo para su configuración, que nunca llegaría a estar completamente acabada”, índice.

De hecho, Juliá confirma que el panorama de fuerzas políticas republicanas se tuvo que edificar desde cero. “Las agrupaciones que lo constituyeron no existían como tales en 1930, salvo algunas excepciones [como el PSOE o el PNV]. Todos ellos partían de una débil base organizativa”, explica. “Pero a medida que van pasando los primeros años de República, ese sistema en formación experimentó […] un avance hacia la constitución de grandes formaciones de masas”, explica. Entre ellas, el PSOE o la CEDA.

Además, se produjo un “auge del republicanismo”. Este proceso también tuvo efectos. “Por una parte, la formación de un amplio campo republicano de centro derecha a centro izquierda, cubierto no por un solo partido, sino por una especie de subsistema dividido según la línea izquierda/derecha y la línea centro/periferia”, señala Juliá. “Por otra, el fortalecimiento del Partido Socialista, que por primera vez recibió a un sector muy estimable de afiliados procedentes de clases medias, profesionales, que se inscribieron en el PSOE por considerarlo la única formación que podía hacer algo eficaz a favor del nuevo régimen político”, añade.

En consecuencia, esta etapa es calificada por Santos Juliá como «pluralista». Sin embargo, “no reunía las notas exigidas para ser definida como polarizada”. “Los partidos claramente antisistema –los monárquicos– no eran relevantes; no existía una oposición de izquierda a la coalición gobernante; no prevalecían las tendencias centrífugas sobre las centrípetas; ni el gobierno tenía que hacer frente a una fuerte oposición irresponsable”, analiza el historiador.

- En este sentido, ¿cuáles fueron los principales asuntos de debate durante esta época? –lanza el periodista.

- Hubo cuatro clivajes importantes –asegura, asimismo, el catedrático José Ramón Montero–. El relativo a monarquía o república; el eje de la clase social; el vinculado a la religión; y el regional, tras las revueltas de la Generalitat de Macià y Companys.

En cualquier caso, al final del periodo republicano, el panorama partidario comenzó a presentar nuevas continuidades. “En 1936, la fragmentación iba reduciéndose, abriendo paso a organizaciones más racionales y modernas. Los partidos se fueron agrupando en torno a grandes alternativas políticas”, aseguraba el catedrático Santiago Varela en Partidos y parlamento en la Segunda República. Y, para comprobarlo, sólo hay que observar el proceso de conformación del Frente Popular, que ganó las últimas elecciones democráticas…

Y, tras 1975, ¿qué?

Poco después de estos comicios, estalló la Guerra Civil. Durante casi tres años se produjo un enfrentamiento entre dos bandos: el democrático y legal –representado por la Segunda República– y el nacionalista, apoyado por los militares sublevados. Tras el 1 de abril de 1939, se estableció una dictadura militar, que funcionó bajo la represión sistemática, el personalismo de Francisco Franco y el corporativismo del partido único.

Pero tras la muerte del «Generalísimo», acaecida el 20 de noviembre de 1975, se aprobó una nueva Constitución. Se hizo en 1978, por lo que llegó un sistema pluripartidista. Sin embargo, en la práctica, se han producido correcciones a esta situación. De hecho, el modelo partidario ha atravesado diferentes etapas. La primera se prolongó entre las primeras elecciones libres y los comicios de 1982. “Era la época de creación de los partidos políticos y de los vínculos electorales de las formaciones con los votantes”, explica el profesor José Ramón Montero.

Sin embargo, desde la victoria del PSOE en 1982, y hasta las votaciones de diciembre de 2015, se abrió un nuevo periodo. Se implantó el sistema de «Dos partidos y medio», definido por la existencia de dos grandes formaciones, acompañadas por una, dos o tres fuerzas de menor tamaño, caracterizadas por su función de bisagra. Entre estos ejemplos –según el momento– se encontraron el PCE, IU, CDS o UPyD. “También existió un 10% de los escaños que se repartieron entre diversas agrupaciones nacionalistas. Tenían poco peso numérico, pero al constituirse como socios externos de los principales partidos, contaron con una importancia tremenda”, explica Montero.

De todas formas, la preeminencia de las dos grandes formaciones estatales fue evidente entre 1982 y 2015. “La implacable guillotina que supuso la ley electoral acabó con la sopa de siglas y clarificó el panorama interno de las diferentes fuerzas: los dos partidos principales se fueron ampliando a base de fusiones, mientras que los grupos extraparlamentarios se dividieron aún más”, describe Paloma Román.

Empero, desde las elecciones de diciembre de 2015 el panorama se ha vuelto a transformar. Nos encontramos ante un sistema de «pluralismo moderado», en el que “la fragmentación es relevante, pero no muy alta”, confirma José Ramón Montero. “A día de hoy tenemos un sistema muy característicamente europeo, en el que existen cuatro formaciones destacadas, de las que dos son las principales. Sin embargo, la distancia entre las dos primeras [PP y PSOE] y las dos segundas [Podemos y Ciudadanos] es cada vez menor”, añade el catedrático.

- En este sentido, ¿cuáles son los ejes de discusión que generan la diferencia entre las mencionadas agrupaciones? –pregunta el periodista.

- La clase social tiene una cierta importancia, mientras que el asunto religioso es relevante según las propuestas que realice cada uno de los grupos –explica José Ramón Montero–. La identidad ideológica, en términos generales, es el factor más destacable. Y, además, existe un clivaje nacionalista o regional.

A vueltas con las circunscripciones.

En cualquier caso, y a pesar de que actualmente hay una mayor pluralidad partidaria, nuestro modelo electoral sigue apostando por un sistema proporcional corregido. De hecho, el artículo 68.2 de la Constitución marca que la circunscripción se corresponde con la provincia. Además, la Ley de Régimen Electoral General (LOREG) fija en dos diputados el mínimo de presentación por demarcación. “Los 248 representantes restantes, hasta completar los 350 miembros del Congreso, se distribuyen en proporción a la población”, asegura el experto J. Mario Bilbao en Ley electoral y sistema de partidos en España.

A esto se debe unir la barrera que han de superar las formaciones para acceder al Parlamento. “El artículo 163 de la LOREG establece la exclusión de las candidaturas que no obtengan, al menos, el 3% de los votos válidos emitidos en su circunscripción”, describe Bilbao. Por tanto, el modelo electoral marca varias limitaciones en la correspondencia ciudadano/voto, en aras de una mal entendida gobernabilidad. “El objetivo de esta decisión era la huida del hiperproporcionalismo a la usanza italiana”, explica la politóloga Paloma Román. “Sin embargo, ahora España tiene uno de los índices de proporcionalidad más bajos. El Parlamento no es un espejo exacto del electorado…”, concluye.

Por tanto, y a diferencia de lo que sucedía durante la Segunda República, desde 1978 el diseño institucional ha generado un “claro predominio del poder Ejecutivo”, explica el catedrático Manuel Ramírez. “Las Cortes han perdido su fundamental papel de ser el lugar en el que, mediante la discusión de los diferentes grupos, se alcance la mejor decisión a tomar”, explica. “Por el contrario, cuando comienza el debate en el Congreso todo, o casi todo, está ya decidido debido a la previa postura adoptada por los partidos”, incide.

En consecuencia, existe una fuerte dependencia del diputado hacia la fuerza política a la que pertenece. “Sencillamente porque ha sido quien lo ha llevado al Parlamento, mediante su libérrima inclusión en las listas electorales, quien ha sufragado los gastos de su campaña electoral, quien le ha dotado de medios e instalación…”, explica Ramírez.

Sin embargo, y a pesar de estas críticas, los dos periodos democráticos de España durante el siglo XX han presentado herramientas variadas para participar en la vida pública. Entre ellas, los partidos. Una realidad que, como se ha visto, fue diferente entre un periodo y otro. En cada época, las formaciones han sido hijas de su contexto político e histórico. Lo fundamental es que ambos momentos han estado definidos por el incremento de las libertades. Y eso es lo más importante. Porque, como dijo el escritor Octavio Paz:

«Sin democracia, la libertad es una quimera»

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