REPORTAJE

El declive del Partido Demócrata. Una caricatura del estado del modelo neoliberal

  • La negativa imagen de la Administración Trump no se traduce en un fortalecimiento del Partido Demócrata
  • Las descalificaciones a los votantes de Donald Trump no son errores de estrategia, es ideología
  • La aceptación beata del neoliberalismo se maquilla con el márketing de procesos participativos, ecologismo de elite y políticas identitarias

El Partido Demócrata de Estados Unidos se enfrenta a una de las crisis más graves de su historia. La victoria de Trump fue, en parte, un síntoma más de la delicada situación en la que se encuentra el partido estadounidense. Pero, también, de la estrangulación global a la que ha conducido el modelo neoliberal.

El Partido Demócrata de Estados Unidos se enfrenta a una de las crisis más graves de su historia. La victoria de Trump fue, en parte, un síntoma más de la delicada situación en la que se encuentra el partido estadounidense. Pero, también, de la estrangulación global a la que ha conducido el modelo neoliberal.

Los simpatizantes del Partido Demócrata estadounidense están preocupados por el declive del partido. A finales de 2017, The New Yorker publicaba un artículo sobre la guerra civil que se vive en el interior del partido, tras la derrota de Hillary Clinton, y en el que alertaba sobre la ausencia de un plan de reacción. Más explícito era el nerviosismo de The New York Times, un tradicional aliado de las políticas demócratas, al hacer un llamamiento para que sus lectores enviaran propuestas sobre lo que debe hacer el Partido Demócrata para recuperarse y poder ganar el Congreso y el Senado en las elecciones de mitad de mandato, que se celebrarán en noviembre de este año.

A pesar de la negativa imagen de la Administración Trump entre buena parte de los ciudadanos estadounidenses, esta no se traduce en un fortalecimiento decisivo del Partido Demócrata. El desacuerdo con las políticas del actual Presidente de Estados Unidos no conduce necesariamente al apoyo al Partido Demócrata.

La tendencia en el último año entre los afectos al partido, incluyendo a analistas y periodistas, ha sido culpar a Donald Trump de su deterioro.

Es cierto que la información que se ha conocido posteriormente sobre el abuso de los instrumentos del partido por parte de la candidata Clinton para imponerse en las primarias sobre el resto de candidatos no ha ayudado a mejorar la imagen del partido. Sin embargo, su caída va más allá de las extralimitaciones de una candidata.

La tendencia en el último año entre los afectos al partido, incluyendo a analistas y periodistas, ha sido culpar a Donald Trump de su deterioro. La peculiar campaña del magnate neoyorquino condujo a votantes, militantes y a la propia candidata demócrata a dar por garantizada la victoria.

Hasta el último momento, las encuestas aseguraban la victoria de Hillary Clinton sobre Donald Trump. Fuente: Gráfico publicado en The Huffington Post

Cualquier análisis que alertaba del posible triunfo del candidato republicano era objeto de mofa. En realidad, esta actitud era un síntoma, no tanto del error de postular a Hillary Clinton en concreto, sino del declive del conjunto del proyecto impuesto por el partido, del cada vez más radical modelo neoliberal que defienden y de la reclusión en su selecta burbuja.

 

NO RICH PEOPLE LEFT BEHIND

Tras la cara amable, multicultural y posmodernista del Partido Demócrata se esconden algunas de las políticas que más han ahondado en la brecha económica de Estados Unidos.

California es el Estado que mejor representa los valores defendidos por el partido y también el que tiene mayor tasa de pobreza.

El fracaso del modelo auspiciado por el Partido Demócrata se evidencia en California, el Estado que mejor representa los valores defendidos por el partido: fomento de las iniciativas empresariales individuales, de la alta tecnologización, de la multiculturalidad y las políticas identitarias, de una cultura progresista y liberal.

California es también el estado con la mayor tasa de pobreza en Estados Unidos, cuando se incluye la variable del coste de vida. La tasa de pobreza en California es, por ejemplo, un 38% más alta que en Texas. Uno de cada cinco californianos es pobre, a pesar de que los que más dificultades económicas sufren no tiene por qué estar desempleados. La visita de Philip Alston, relator sobre extrema pobreza de Naciones Unidas, a Estados Unidos, el pasado diciembre, abrió uno de los temas tabú en el país más rico del planeta: la pobreza. Una de las sorpresas con las que se encontró Alston fue una pesadilla a la luz del día en la ciudad de los sueños, Los Ángeles.

Calle en Los Ángeles. Fuente: Creative Commons

Precisamente Hollywood, uno de los altavoces tradicionales del Partido Demócrata, es un buen representante de la deriva ideológica del partido y de la elitista burbuja demócrata. Como resaltaba el periodista Maureen Callahan, “aquellos que tienen dinero, fama, privilegios, estatus y no tienen razón para preocuparse, lo único que logran es dividir al país y alienar a quienes, con razón, se sienten invisibles, desatendidos y despreciados”. Durante la campaña de 2016, Hillary Clinton se rodeó de las elites culturales y económicas que residen en el estado con mayor tasa de pobreza de Estados Unidos, mientras calificaba a los seguidores de Trump de “cesto de gente deplorable”. No fue un error de estrategia. Fue una manifestación de los fundamentos ideológicos del Partido Demócrata.

 

CONSUMO DE HEROÍNA POR DESESPERACIÓN

Otro de los lugares clave para entender la desconexión de los demócratas con una creciente parte de la población estadounidense es Virginia Occidental. En 2016, una reportera de la BBC regresó a las regiones de Estados Unidos que había visitado en 2008, entre ellas, Virginia Occidental. Ocho años después de su primera visita, la destrucción de la industria y la ausencia de medidas de protección por parte del gobierno habían dejado a miles de familias en la pobreza y una epidemia de consumo de heroína se había extendido por todo el estado. La periodista británica se sorprendió al encontrarse con madres que a los cuarenta años se habían convertido en drogodependientes. Un comportamiento muy poco común en perfiles de estas características. La reportera descubrió que, tras el desmantelamiento del sector industrial del estado, como consecuencia de la falta de empleo, las tasas por depresión se habían disparado. La solución puesta en marcha por las instituciones fue aumentar las recetas de opiáceos, convirtiendo a los pacientes en drogodependientes por prescripción médica. Cuando la BBC se acercó a Nueva York, a los ciudadanos entrevistados estos problemas les resultaban totalmente ajenos.

La destrucción de la industria y la ausencia de medidas de protección por parte del gobierno dejaron a miles de familias en la pobreza.

Más de un año después del descalabro electoral, los espacios progresistas y modernos, simpatizantes del Partido Demócrata, siguen apostando por ahondar en las diferencias económicas. Sirva como ejemplo Wired, una de las revistas representante del estilo de vida en Sillicon Valley y el desarrollo tecnológico, ubicada en San Francisco. La revista mostró públicamente su apoyo a un candidato, por primera vez, cuando declaró respaldar a Clinton “en nombre del optimismo”. Los artículos que publica Wired también abordan cuestiones económicas y, preocupados por la crítica situación de Estados Unidos, con frecuencia intentan aportar su granito de arena. Su última solución para reducir el déficit, fundada en una crítica “al todo gratis” y “a los privilegios gratuitos” es cobrar cualquier desplazamiento por carretera. Su propuesta es que quien no tenga dinero, reduzca aún más su movilidad y su relación con el mundo. Vaya, que los pobres se limiten a pasear (mientras sea gratis). Las elites que se concentran en la posmoderna costa Oeste no pueden ni siquiera imaginar el impacto que cada medida de este tipo tiene en la calidad de vida de quien no tiene recursos. No conciben que alguien no pueda pagar por un desplazamiento. Han amurallado firmemente su burbuja.

 

EL NEOLIBERALISMO COMO RELIGIÓN DE ESTADO

En los años ochenta, el empresario y ex periodista Randall Rothenberg relataba cómo el Partido Demócrata había abrazado durante la última década el paradigma neoliberal. La defensa del estado protector, que cuidaba de lo comunitario, que exigía la redistribución de riqueza, que vigilaba el respeto de los derechos civiles y la legislación laboral, se había abandonado.

En su libro, Rothenberg explicaba cómo la punta de lanza de los nuevos demócratas neoliberales habían sido las escuelas. El Partido Demócrata se había esmerado en impregnar las instituciones de enseñanza con la máxima del capitalismo, esto es, la competición con el fin de ofrecer al sistema, solo lo que demanda el sistema para su crecimiento. Rothenberg, un entusiasta de la nueva vereda ideológica tomada por el Partido Demócrata, clamaba exultante en la conclusión de su libro: “El neoliberalismo ha sido interiorizado por el Partido Demócrata”.

En los nuevos partidos, la aceptación beata del neoliberalismo se maquilla bajo el márketing de procesos participativos, ecologismo de elite y políticas identitarias que promueve movimientos atomizados oportunistas.

Lo que ocurre en Estados Unidos no es una excepción. Como acicate del modelo económico global, revela el devenir de sus aliados. Y el Partido Demócrata, como representante del modelo ideológico posmoderno, refleja su derrumbe. En Europa, los partidos políticos tradicionales se tambalean sobre los cimientos de proyectos económicos que asfixian a sus ciudadanos. En los nuevos partidos, la aceptación beata del neoliberalismo se maquilla bajo el márketing de procesos participativos, ecologismo de elite y políticas identitarias que promueve movimientos atomizados oportunistas. Mientras tanto, el sacrificio es para los de siempre.

Así, los movimientos de extrema derecha se impulsan, como lo hizo Trump, desde la ausencia de otras alternativas. La falta de proyectos que frenen la desregulación extrema del mercado, el desmantelamiento de los sistemas de protección y la intervención para una redistribución de la riqueza conducen a soluciones desesperadas. La inestabilidad no la inició Trump, ni Rusia, ni la extrema derecha. Los problemas no son de liderazgo, ni de comunicación. El derrumbe global es ideológico.

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