La Europa de pensamiento único pasa por Ucrania

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Los análisis sosegados no sólo requieren tiempo. La memoria de los acontecimientos lastra las luchas de los momentos políticos, sujetos a intereses que están más allá de los protagonistas de los eventos. En realidad, el momento es un ajuste de cuentas entre las élites. Por ello, el sosiego es hijo de la crítica.

Los acontecimientos que giran sobre Ucrania siguen nublando la lectura del pasado más reciente. El Euromaidán sigue siendo objeto de disputa, hasta el punto de que el momento político actual, que simbólicamente gira en torno a aquella «revolución blanca», se está llevando por delante acontecimientos posteriores como el derribo de un 777 y sus 298 muertos, a las más de 30 víctimas del ataque contra el edificio de los sindicatos en Odesa o a la propia democracia, con un Partido Comunista en proceso de ilegalización y unos diputados y militantes que sufren el acoso cotidiano y la imposibilidad de desempeñar su actividad política.

En el pleno del Parlamento Europeo de septiembre, eso sí, el diputado popular Jacek Saryusz-Wolski (Plataforma Cívica, de Polonia), responsable de dar seguimiento al proceso de ratificación del Tratado de Asociación entre Ucrania y la UE, hizo mención al hecho de que «la sociedad ucraniana ha pagado el precio más alto por sus aspiraciones europeas, lamentando la muerte de un gran número de personas». Minutos después, el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, en un gesto sin precedentes, entró en streaming en la cámara de Estrasburgo minutos antes de que los eurodiputados realizaran la votación sobre la ratificación del texto. En su discurso, Poroshenko se refirió a los muertos de las manifestaciones, así como a los soldados que luchan en el este, como «aquellos que dieron sus vidas para que pudiéramos tomar un lugar digno entre la familia europea».

Jacek Saryusz-Wolski (Plataforma Cívica, de Polonia), celebra el gol marcado por la mayoría del Parlamento Europeo: la aprobación del Tratado de Asociación con Ucrania

 

En la Posguerra Fría, muchos movimientos de élites han sido justificados poniendo muertos sobre la mesa, pero me atrevería a decir que estamos ante la primera ocasión en la que los muertos son manipulados en nombre de la ratificación de un tratado de libre comercio. «El emperador» – en términos de Byshok y Kochetkov, autores de Neonazis & Euromaidan – «ha demostrado que no sólo está desnudo, sino que es un sádico asesino en serie».

Detrás de los comentarios miserables de personas como Saryusz-Wolski o Poroshenko, y detrás de la burda manipulación de los medios de comunicación occidentales (denunciada de forma muy ácida, por cierto, en la televisión pública alemana), estamos ante una operación para ocultar el lado más incómodo de la revolución ucraniana, más allá de la imagen idílica de una democracia ejercida desde la plaza pública en contraste con el estilo criminal, mafioso y hortera del presidente Yanukovich.

En ocasiones, da la impresión de que vivimos en una Europa de pensamiento único. Por ello, iniciativas como la de la eurodiputada Tatjana Ždanoka (de la Unión Rusa de Letonia, afiliada al grupo de Los Verdes-Alianza Libre Europea), que recientemente invitó a Bruselas a los autores del libro Neonazis & Euromaidan, resultan llamativas y merecen ser atendidas.

Para empezar, la diputada ya había sido señalada por las autoridades de su país cuando, un mes antes de las elecciones de mayo, fue acusada de ser una agente rusa. Unos meses después, los ataques llegaron desde las más altas esferas de la eurocámara. En agosto de este año, Ždanoka visitó Crimea y defendió el derecho de autodeterminación de ese territorio, justificándolo como una reacción a la política de los golpistas de Kiev hacia la población rusófona. La visita tuvo llamativas respuestas por parte del presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, y el de la Comisión de Asuntos Exteriores, el democristiano alemán Elmar Brok. En una carta dirigida a la diputada, el primero llegó a señalar que sus declaraciones en Crimea eran «completamente contradictorias a la posición del Parlamento Europeo y la UE», obviando que él mismo preside un parlamento democrático.

 

 

Al calor de esta situación, la lectura de Neonazis & Euromaidan: From Democracy to Dictatorship (disponible para descargar), resulta ser un ejercicio necesario. Su subtítulo es, en sí mismo, un acicate para acercarse, pues insinúa la existencia de una «cara b» en las revoluciones de colores, aquellos procesos de cambio de régimen en el espacio postsoviético impulsados por las instituciones estadounidenses y un conglomerado de ONG afines a ellas. Los líderes de aquellos procesos, y de muchos otros que tuvieron más o menos éxito alrededor del globo, se inspiraron en la célebre obra de Gene Sharp, De la dictadura a la democracia, traducida a más de treinta lenguas desde su lanzamiento en 1993.

El libro, que va por su tercera edición en seis meses, se presenta como una historia de la extrema derecha en Ucrania e inscribe su evolución en el contexto del cambio social en ese país en los últimos veinticinco años, advirtiendo que la hegemonía de la extrema derecha en el Euromaidan no es fruto únicamente de la proyección y movilización de una minoría radical, sino de su vinculación con la deriva de la sociedad ucraniana. Para ello, los autores hacen una genealogía de esos movimientos políticos al tiempo que muestran cómo su ideología permeó a diversos sectores de la sociedad, utilizando ejemplos como la justificación de la masacre de Odesa, de mayo de este año. En este punto, incluyen también la dificultad que supone intentar distinguir las actividades de los paramilitares nacionalistas de las actividades de las Fuerzas Armadas ucranianas, ofreciendo también la perspectiva institucional al fenómeno de la fascistización de Ucrania en los últimos veinticinco años.

En sus 250 páginas (apéndices incluidos), el lector occidental no tardará en plantearse algunas de las preguntas (en incluso encontrará respuestas, aunque dadas las circunstancias de ésta Europa esto casi es secundario) que están completamente fuera del debate. ¿Cuándo y porqué hemos desistido de reivindicar el derecho a la información veraz? ¿Qué ha llevado a las élites europeas a mentir, insultar y manipular del modo en que lo han hecho en Ucrania, a pesar de que las fuerzas que favorecen las posiciones atlantistas siguen siendo hegemónicas en las instituciones? ¿De dónde sale el miedo a la crítica?

La siatuación es resultado de la necesidad de ocultar las miserias del Euromaidan, que, a su vez, son las de la evolución de las «sociedades libres» en los últimos veinticinco años en Europa del Este. El nacionalismo (y esto es algo que preveía Francis Fukuyama ya en el primer esbozo de su «Fin de la Historia», publicado en The National Interest en 1989) ha sido el vehículo del cambio político y social en muchas sociedades de la región desde el final del socialismo. Así, los puntos de vista racistas (no presentes en todos los casos, pero sí desde luego en el ucraniano), la redefinición de los enemigos nacionales, el imprescindible revisionismo histórico, el recurso a una determinada simbología… Terminan siendo elementos necesarios para justificar la continuidad en el poder de una determinada coalición de élites y, a su vez, para perpetuar la subordinación de las fuerzas sociales; todo ante la mirada impasible de las potencias occidentales, para las que el anticomunismo de la extrema derecha sigue siendo más importante que cualquier masacre.

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