“Es fácil amedrentar a la izquierda porque no entienden cómo funcionan los bancos ni el sistema monetario”

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No tenemos ni idea de cómo funciona el sistema monetario. Dicho de una forma más prosaica: no sabemos cómo se crea el dinero y qué importancia tiene eso. Pero no lo sabe usted, ni yo, ni Pedro Solbes, Luis de Guindos o el sursumcorda. En su último libro, la economista Ann Pettifor nos hace ver que importantes personajes como Ben Bernanke (expresidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos) sí lo saben, pero se hacen los longuis.

El planteamiento puede resultar algo prepotente. Es el de la Teoría Monetaria Moderna, que se limita a decirnos “cómo funciona un sistema de moneda fiduciaria”, el que tenemos (aunque en nuestro caso, con el euro, la cosa se complica). Parece básico, pero claro, lo que pretenden quienes están adscritos a ella es sacarnos de la caverna, porque los que dicen saber responder a esas preguntas están dentro, viendo las sombras (los clichés impuestos por la escuela neoclásica). Stuart Medina es uno de los defensores de la teoría. Este economista preside la red MMT (siglas en inglés de Teoría Monetaria Moderna). Es autor del libro El Leviatán desencadenado (Lola Books).

Todas estas cuestiones ya las entendió, dicen los que saben, Mitchell-Innes en el siglo XIX y después John Maynard Keynes en el XX, entre otros. La moneda es crédito: un pagaré. No viene determinada por el oro que contiene, por ejemplo, sino por el valor que dice el poder que tiene. Eso derriba un montón de mitos. Pero la TMM sube la apuesta: todo Estado que pueda emitir su propia moneda, tiene recursos ilimitados para hacer lo que se proponga, como conseguir el pleno empleo, por ejemplo.

 

¿Cómo se crea el dinero y por qué, supuestamente, estamos tan equivocados con este tema?

El dinero es una forma de deuda, una deuda del Estado. El Estado la puede crear de forma instantánea y sin ningún coste. Evidentemente las monedas y billetes sí tienen cierto coste, pero es una fracción mínima del circulante.

Los bancos también tienen el poder de crear dinero. La gente piensa que estos se dedican a tomar prestado dinero de los depositantes y a encauzarlo hacia inversores, pero no es cierto. Eso sería más bien el negocio de un prestamista, que ofrece dinero a intereses usurarios.

El banco determina si una persona tiene capacidad para devolver un préstamo para concederlo o no. El proceso de creación de dinero bancario es instantáneo también. Es un simple apunte contable.

Lo que pasa es que el dinero bancario lo aceptamos como medio de pago porque el Estado está dispuesto a aceptarlo. Entonces lo que decimos es que el Estado tiene un monopolio de emisión y lo puede compartir y dar entrada a él a los bancos.

Eso es lo que pasa ahora.

Sí, es lo que pasa ahora.

Entonces, el banco central no tiene tanto poder en este proceso.

Los Estados de la zona euro cometieron un error garrafal: crear un banco central sin un Estado federal. Pero, si emites tu propia moneda, tienes una capacidad ilimitada para mover todos los recursos de la economía. Se puede llegar a donde quieras.

Pero hay límites que vienen de mitos. Adam Smith dijo del dinero que era una mercancía usada para facilitar el trueque. Es una leyenda sin evidencia histórica. El dinero siempre es una criatura de un poder central. El Estado define una unidad monetaria que sea aceptada por todos, de igual forma que aceptamos las unidades de pesos y medidas. Tú no puedes decir que un centímetro son 99 milímetros.

Ante esto, si un Estado puede crear toda la moneda que quiera para sus necesidades, entonces ¿para qué sirven los impuestos?

Los impuestos sirven como determinantes de la demanda de moneda. Sin los impuestos, no habría interés por aceptar esa moneda. Un billete no tiene ningún valor. Lo único por lo que lo aceptas es porque estás obligado a pagar impuestos.

Otro asunto cuya concepción imperante desmonta la Teoría Monetaria Moderna es el déficit público.

En agregado, el sector privado no puede generar ahorro neto. Siempre, por cada acreedor, habrá un deudor. Eso se cancela y, al final, el saldo neto del sector privado es cero.

La única forma de que haya ahorro neto es que el Estado esté dispuesto a incurrir en déficit público. Esto es una de las grandes confusiones que están presentes en todo el paradigma.

Incluso en la izquierda no se tiene esa concepción.

Eso es un error, porque, en general, el sector privado quiere tener ahorros para comprar una casa, tener una pensión (ahora encima se está metiendo miedo con esto), etcétera. Pero si, al mismo tiempo, pretendes que el Estado tenga un superávit, esto es imposible. Esto es una ecuación.

Todos los saldos de la economía, del sector privado, público y exterior, tendrán una posición positiva o negativa, pero todos a la vez no pueden tener una posición positiva. Si uno tiene una posición positiva, otro tiene que ser deudor. Obviemos al sector exterior. Imaginemos que hay un sector público y otro privado. Si el privado quiere ahorrar, la única forma es que el público esté dispuesto a incurrir en déficit.

El gran error de la política europea de los últimos años fue interpretar que estábamos ante una crisis de deuda soberana (que no lo era, porque era una crisis de deuda del sector privado) y remediarlo con políticas de austeridad. Es un error garrafal porque la única forma en que el sector privado podía mejorar sus balances era si el sector público estaba dispuesto a incurrir en déficit.

Sin embargo, los gobiernos, al principio de la crisis, estuvieron dispuestos a ello.

Hubo un Plan E [un plan de inversiones fundamentalmente en obra pública lanzado por el Gobierno en 2009], que fue muy denostado. Puedes criticar que tuviera ineficiencias. No lo dudo, pero es mejor hacer eso que no hacer nada. Si acaso pecó de escaso y además duró poco. En 2010 vino la reacción hacia la austeridad.

Lo que les preocupaba a los dirigentes europeos era salvar a bancos franceses y alemanes, que eran los grandes acreedores de la periferia europea. Entonces, dentro de su mentalidad, pensaron que debía haber un superávit en las cuentas públicas. Pero eso era matemáticamente imposible.

Si el sector privado intenta ahorrar, el público no puede hacerlo. Lo único para detener eso es que Alemania estuviese dispuesta a tener un déficit comercial, en vez de un superávit. Pero ya hemos visto que no está dispuesta. El año que viene tendrá un superávit del 6,8% del PIB. Eso es una salvajada. De esa manera Alemania no colabora. Con lo cual sólo queda que España incumpla. Por eso hay crecimiento, aunque en mi opinión insuficiente. Pero es el déficit lo que explica a que haya cierto crecimiento.

Además, en los últimos años se aminoró el ritmo de reducción del déficit con la connivencia de Bruselas, que no quería que ganase Podemos en España y que estaba asustada por Syriza en Grecia.

Los defensores de la Teoría Monetaria Moderna insisten en que falta una pata importante: la comprensión sobre la creación del dinero y su función. Siguiendo ese argumento diríamos que con aquellos planes E de Zapatero, se entendió el impulso de la inversión pública pero no la otra parte. ¿Cree que por eso fracasó?

Si miras el historial de quienes rodeaban a Zapatero, como [Pedro] Solbes, Jordi Sevilla… Todos ellos eran neokeynesianos con suerte o, más bien, adscritos a la escuela neoclásica. No entienden el papel del dinero y de los bancos. Lo ignoran. En sus modelos económicos el dinero es un velo que facilita las transacciones.

¿Por qué es tan importante el dinero?

Porque todos tenemos un balance. Todos somos deudores y acreedores. Si yo tengo una hipoteca y pierdo el trabajo, dejo de pagar. Entonces el banco no cobra. Ahora, por ejemplo, está quebrando el Banco Popular. Probablemente tenga una cartera de fallidos importante y también probablemente lo rescate el Estado.

El Estado, con el apoyo del banco central podría hacerlo. La máxima es que no hay crisis financiera que un estímulo fiscal suficientemente potente no pueda resolver. Eso es así. Es la razón de la importancia.

Lo que nos llevó a la crisis de 2008 fue el endeudamiento de empresas y familias. Fue espectacular. En aquellos años la deuda del sector privado equivalía al 100% del PIB, principalmente frente al resto del mundo. Entonces llega un momento en que los balances están tan deteriorados que dejan de prestar. Además las entidades tienen un comportamiento muy procíclico. Cuando la economía va bien, prestan; y cuando no, cortan. De ahí la importancia de un Estado dispuesto a actuar de forma anticíclica y asegurando el pleno empleo. Aquí son políticas que se han abandonado desde los 70.

Precisamente alguien que nos escuche podría alegar que esto se abandonó en aquellos años porque no se crecía y aumentaba la inflación. ¿Qué respondería?

La inflación ha sido la excusa de los monetaristas para enterrar el keynesianismo. En aquellos años, también los partidos socialdemócratas se infectaron del pensamiento de la escuela neoclásica. En el PSOE estaban [Miguel] Boyer, [Carlos] Solchaga…, gente que venía de una formación académica clásica.

Empieza a cundir entonces la idea de que las políticas de estímulo que se usaron hasta entonces eran inflacionistas. Esto, hasta cierto punto, podía ser cierto dependiendo de las circunstancias. Pero lo que hay en los 70 es una crisis del petróleo en la que aumenta su precio rápidamente. Este es un insumo fundamental para el desarrollo económico. Se usaba para todo. Ese aumento te obligaba a ajustar al alza todos los precios.

Era inevitable que los precios subieran. Pero eso validó las amenazas que los monetaristas venían profiriendo contra el gasto público. Hubo un cambio ideológico que coincidió con un suceso que ayudó a que estas ideas llegaran a los gobiernos. Vieron que había relación entre empleo y precios. Se concluyó que la única forma de luchar contra la inflación era destruyendo empleo. Eso es injusto.

Un fenómeno de inflación consiste en que hay agentes queriendo ejercer un poder de compra superior a la oferta de bienes y servicios disponibles. Se puede ver de esa manera. Pero cuando eso ocurre, o reduces el poder de compra o aumentas la capacidad productiva. Lo segundo es más complicado a corto plazo. Pero nada de esto es inocente. Tiene que ver con una ideología que depende de los intereses de las oligarquías capitalistas y los rentistas.

Hay que reconocerles que, a la vista de lo asentadas que están esas ideas, eso lo han hecho bien.

Académicamente estaban muertos en los años 50. Estaban muy desacreditados. Fue el apoyo financiero de los grandes thik tanks lo que permitió el resurgimiento.

Uno de los mantras repetidos desde esa posición es que el Estado es como una empresa y no puede gastar más de lo que tiene ¿Por qué, desde el punto de vista de la Teoría Monetaria Moderna, eso no es así?

En el ámbito neokeynesiano hay una posición suavizada que consiste en que el Estado incurra en déficit en un ciclo a la baja y vuelva al superávit en un ciclo al alza, según la coyuntura. Pero detrás subyace la creencia de que hay fondos finitos.

Lo que nosotros decimos es que los recursos no son finitos porque el Estado puede crear dinero de la nada y sin coste.

En su último libro, La producción del dinero. Cómo acabar con el poder de los bancos (Los Libros del Lince), Ann Pettifor lamenta que estas ideas no sean conocidas por la izquierda. ¿Cómo valora las ideas que se están dando más allá del Partido Socialista?

En general sigue predominando la idea de que el Estado continúa teniendo una limitación financiera. Algunos entienden más bien que el problema está en pertenecer a la zona euro. Cuando usas moneda extranjera, que no es el caso, pero tiene los mismos efectos; entonces te tienes que endeudar y poner impuestos para conseguir los recursos que quieres gastar. Es al contrario de lo que sucede con un país con soberanía monetaria, que primero tiene que gastar para poner los recursos para que los ciudadanos paguen impuestos.

La sensación que tengo es que esto se desconoce. No se entiende cómo funcionan los bancos. Entonces, cuando lees los programas, ves que la preocupación está en que hay que recaudar para luego gastar. Hay gente como Eduardo Garzón, que viene de IU, que tiene una buena comprensión. También lo entienden Manolo Monereo o Nacho Álvarez, de Podemos.

Hay un conflicto en la izquierda entre la renta básica universal y los planes de trabajo garantizado, es decir, planes públicos de empleo. ¿Por qué defienden lo segundo?

Es verdad que se presentan de forma antagónica. Renta básica y trabajo garantizado intentan resolver el mismo problema: el de la exclusión y la pobreza. Lo que pasa con la renta básica es que se reconoce una derrota frente a esas políticas que han creado desempleo en su lucha contra la inflación. Pensamos que parten de una premisa de que el trabajo es un bien finito y nosotros estamos en desacuerdo.

Esa derrota consiste en reconocer que no hay trabajo para todos. Por ello se les da una renta y se les manda a casa. Pero entonces conviertes a la gente en unidades de consumo garantizado. Es decir, mantienes el consumo para no agravar el problema, pero no resuelves el que tiene esta gente. Simplemente les mandas a casa.

Además, creo que sería nocivo para la economía. Si das a alguien una renta básica, que percibe todo el mundo, subvencionas a empresas para que sigan pagando salarios bajos porque saben que el salario lo va a completar el Estado.

Pensamos que el problema del desempleo hay que atacarlo de frente. Eso significa crear puestos de trabajo cuando el sector privado no quiere hacerlo, porque su objetivo es ganar dinero, no crear empleo. Tiene la ventaja de darle una oportunidad a la gente menos productiva. Las experiencias en Argentina son buenas. La gente que ha participado en ese programa manifestó un gran nivel de satisfacción.

Quienes defienden la renta básica hablan de la libertad de elegir a lo que te vas a dedicar, pero esto es utópico, porque con una renta que va a ser pequeña, lo único que puedes hacer es sobrevivir. Además es que, si realmente fuera universal, crecería al ritmo que crece la demografía, pero no tendría una variación anticíclica, es decir, si sube el paro sería igual, así que no tiene poder estabilizador.

El trabajo garantizado tiene una gran potencia. Si aumenta el paro en el sector privado, se entra en el programa público y eso lo compensa. Evita que caiga el poder de compra y los salarios. Además el Estado define unos estándares mínimos. No haría falta un salario mínimo, por ejemplo. Con ello se termina con los abusos. La renta básica lo resuelve de manera menos eficaz.

¿Cuál sería la hoja de ruta para recuperar soberanía monetaria? Quizá quién más cerca estuvo fue Grecia y no salió bien.

Por una parte, en el Gobierno de Alexis Tsipras no había conocimiento. Esto es una carencia de la izquierda: no se conoce cómo funcionan los sistemas monetarios y bancarios. Por eso es fácil amedrentarlos. Si no lo conocen, les asustas.

Además, la población griega no estaba preparada para dejar el euro, entre otras cosas porque en los países mediterráneos se ha vendido el proyecto europeo como modernizador y estabilizador. Entonces hicieron un referéndum sin “plan b”.

Varoufakis dijo que lo tenía

Dijo que lo tenía, sí. La idea era usar una especie de dinero electrónico, pero tampoco contó con el respaldo de Tsipras, que se achantó.

Curiosamente [el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang] Schäuble, por lo menos tuvo la decencia de comprender que Grecia debía salir del euro y eso hubiese sido lo mejor. El país ha perdido un 25% del PIB, se ha ido el 10% de la población, va a recaer en la recesión y el camino es el de un Estado fallido.

Pero no había un liderazgo dispuesto a asumir los costes.

¿Qué costes?, es decir, ¿cuál sería la factura de la salida?

Nosotros ya hemos pagado unos costes terribles por permanecer en el euro. 2011 hubiera sido un buen año para salir. Hemos tardado 35 trimestres en recuperar el volumen de producción de 2008. Es la recuperación más lenta desde la Guerra Civil. Eso es un coste bestial.

Ha habido desahucios, tasas de paro altísimas, tenemos aún una tasa de paro oficial del 18%, que es propia de un Estado fallido. Hay gente que se ha suicidado, que ha emigrado, hay jóvenes que han salido. Los costes de una salida palidecen comparados con los que hemos pagado.

Pero quizá el problema estaría en la deuda externa que tenemos y que está denominada en euros. Parte la tienen grandes empresas. La otra parte es la deuda del Estado con fondos y bancos. Si te vas del euro, implica pensar qué se hace con eso: si la conviertes a la moneda nacional o la mantienes en euros. Si haces lo segundo, tienes que buscar la manera de conseguir esos euros por alguna vía, a través de exportaciones, por ejemplo, para poder pagar. Si se transforma a la nueva moneda, se interpretaría como un default porque se depreciaría la moneda muchísimo y encarecería mucho las importaciones, repuntaría la inflación…

No son costes pequeños.

No lo son, pero no los soportarían los mismos que los que hoy los sufren por estar en el euro. El coste de estar en el euro lo ha asumido la clase trabajadora. El coste de salir del euro lo asumirían fondos de inversión y pensiones, es decir, rentistas.

Decía que Tsipras “se achantó”. Para ello hace falta un gran poder que lo consiga. Hay un ejemplo que es la carta que Jean Claude Trichet, entonces presidente del Banco Central Europeo, envió a José Luis Rodríguez Zapatero y que desveló recientemente en su libro. Sin embargo, ahora se critica al BCE por esos programas de estímulo que está llevando a cabo.

Sí. Eso ha salvado al euro.

Además de eso, ¿en qué han venido bien y qué les ha faltado?

El QE [Quantitative Easing] es un programa de compra de deuda pública, aunque ahora también se compra deuda privada. Lo que hay que entender es que la deuda pública es otro tipo de depósito. El dinero son apuntes contables. Los bancos tienen los suyos en el Banco Central. La deuda pública es otro tipo de depósito y, además, también es electrónico, un apunte en un registro. La diferencia es que la deuda paga intereses y el dinero no.

El QE lo que hace es que los bancos centrales nacionales compren títulos de deuda que tengan fondos y bancos. Si antes tenían, por ejemplo, 100 millones de euros en deuda, ahora tienen 100 millones en depósitos para dedicarlos en invertir en empresas. Es un mero canje de activos. Eso puede tener un efecto de estímulo si los que reciben el dinero lo usan para invertir en crear empleo, pero, como las empresas están muy endeudadas, es muy probable que ese dinero vuelva a los bancos para cancelar créditos. Entonces hay una fuga.

Además las empresas invierten si hay demanda. Si la economía está deprimida, los salarios no crecen. Entonces es improbable que se invierta. Las autoridades europeas han confiado demasiado en ello. Japón lo lleva haciendo desde hace mucho y la eficacia ha sido limitada. En resumen, no es útil si no viene acompañado de una política fiscal expansiva. Como ha venido con políticas de austeridad, no es eficaz.

Es curioso cómo una teoría postkeynesiana puede ser tomada por radical, si en realidad no pretende derribar el capitalismo.

Nosotros no somos keynesianos. Hay mucho debate. Kalecki viene, por ejemplo, de una tradición marxista. La cuestión es que la Teoría Monetaria Moderna lo único que pretende es describir un sistema con moneda fiduciaria. Una vez que lo entiendes ves lo que puedes hacer. Puedes determinar cuál es el ámbito del sector público o privado hasta donde quieras democráticamente. Puedes nacionalizarlo todo, si quieres.

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