Editorial

La democracia en los partidos

La Carta Magna de 1978 es clara. Su artículo sexto no deja lugar a dudas. Habla sobre las formaciones políticas en los siguientes términos:

Los partidos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son un instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

En estas pocas líneas se observan varios elementos relevantes. Uno de los más llamativos es aquel que afirma que “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Parece un brindis al Sol. Sólo hay que acudir a la realidad de los últimos años. ¿Las diferentes fuerzas se han constituido como entes en los que fluye la libertad de expresión? ¿Hay lugar para la disidencia? ¿El que se mueve sale en la foto?

Las respuestas a estas cuestiones no dejan lugar al optimismo. Sin embargo, existen matices. Todo el mundo sabe cómo funcionaba el dedo de don Manuel primero en AP. Él fue el responsable de designar a Aznar como sucesor, quien –como buen alumno aventajado–empleó el mismo método para nombrar a M. Rajoy. De esto último han pasado más de tres lustros. Y no hay visos de cambio. Moción de censura mediante.

En cualquier caso, el PP es un caso extremo. En España existen otras alternativas de funcionamiento interno democrático. Entre las más conocidas –por su pragmatismo y rapidez– son las primarias y otras votaciones varias. Ha habido muestras de ello. Y con resultados muy interesantes. ¿Recuerdan lo que pasó en el PSOE en abril de 1998? ¡Bingo! Josep Borrell ganó las elecciones para ser candidato socialista a la presidencia del Gobierno. Lo hacía frente a Joaquín Almunia, su contendiente. Y, contra toda previsión, consiguió vencer al sacrosanto aparato. Y con casi 10% de diferencia. Todo un logro.

Sin embargo, apenas un año después –durante la primavera de 1999– Borrell tenía que dimitir. Lo hizo ante un escándalo de dos antiguos colaboradores, acusados de fraude fiscal. Mucho se habló de su precipitada salida. En algunos mentideros se aseguró que fue una decisión forzada por los poderes fácticos del PSOE, que nunca apoyaron al leridano. No en vano, tras su renuncia, Joaquín Almunia volvía a ser candidato. Pero sólo sacó 125 diputados en los comicios de 2000, a pesar del capote que le echó la Izquierda Unida de Paco Fruto. ¿El resultado? El Congreso invistió a Aznar gracias a una mayoría absolutísima del PP…

Empero, los lances de la «democracia interna» del PSOE no finalizan aquí. La historia de Pedro Sánchez es –cuanto menos– mencionable. El 26 de junio de 2014 venció las primarias a la Secretaría General gracias al apoyo de las estructuras partidarias. Unos barones que apenas dos años después, el 1 de octubre de 2016, lo echaron del puesto. Fue el precio que tuvo que pagar por el «No es no». Sin embargo, supo jugar bien sus cartas y se construyó una imagen de superviviente. Lo hizo en un país, España, en el que nos encantan los mártires. ¿El resultado? El 18 de junio de 2017 se convertía –por segunda vez– en máximo responsable socialista. Susana Díaz tenía que retirarse a los cuarteles de invierno. Y ahora, apenas 12 meses después, acaba de ser investido presidente del Gobierno…

Pero quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Podemos hizo de la transparencia y la democracia directa dos de sus caballos de batallas. Sin embargo, la institucionalización de la formación ha sido más rápida que el desarrollo e implementación –real– de estos mecanismos. ¿Dónde están las asambleas que decían defender? ¿A qué lugar han relegados los círculos?
En la práctica, estas agrupaciones tienen –cada día– menos fuerza, a pesar de canalizar el debate y la reflexión dentro del partido. Así se expone en el artículo 52.1 de los estatutos podemitas: “Los círculos territoriales y sectoriales están permanentemente abiertos a la participación ciudadana. No es preciso estar afiliado/a o ser inscrito/a para participar”.

Y si estos canales de construcción ciudadana están abandonados, mejor no mencionar el resultado de las consultas a los inscritos. Prácticamente ninguna ha sido perdida por el secretario general en mandato. No ha habido prácticamente espacio para otras opciones. ¿O acaso no existen diferentes sensibilidades en el interior de Podemos?

Por tanto, nos encontramos ante formaciones en las que –cuanto menos– su democracia interna ha de ponerse en duda. Sobre todo, en la derecha. El dedo del PP lo demuestra. Y el hiperliderazgo de Ciudadanos, lo confirma. Lo que diga don Albert va a misa. Si un día se levanta socialdemócrata, todos a loar el New Deal. Pero si a la jornada siguiente se despierta neoliberal, todos se transforman en Chicago Boys. Ningún afiliado se queja, no vaya a convertirse en un peligroso bolivariano…

En este sentido, es cierto que las formaciones de izquierda han avanzado en algunas herramientas. Las primarias y las consultas a la militancia son un claro ejemplo de ello. Sin embargo, todavía siguen pesando ciertas sinergias del pasado. Sobre todo en el PSOE, donde las luchas entre familias son antológicas y el poder del aparato, omnímodo. Pero tampoco se debe dejar de lado a Podemos, en el que su rápida institucionalización le ha hecho agarrar muchos de los vicios de la «vieja política».

Por tanto, si en España queremos hacer cumplir el artículo sexto de la Constitución, todas las fuerzas han de apostar por un funcionamiento realmente democrático, tanto en la elección de cargos y candidatos, como en la toma de las principales decisiones. Y una buena manera de hacerlo es a través de primarias y otras consultas. Siempre que sean libres, iguales, transparentes y –sobre todo– competitivas. No deben establecerse tutelas de ningún tipo: ni de aparatos, ni de familias, ni de máximos responsables de la organización.

De esta forma, los partidos sí que podrían expresar el pluralismo existente en España y tendrían más fácil la manifestación de la voluntad popular, como señala la Constitución de 1978. Porque, si empiezan a hacer las cosas bien en casa, cuando salgan a la realidad la ciudadanía creerá su discurso. Y, así, se comenzaría a disipar la desafección social que existe en torno a estas organizaciones…

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