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México, el cambio que viene.

José Javier Guillén Villafuerte

El proceso electoral que vive México de cara a las elecciones del próximo domingo, 1 de julio, ha estado marcado por varios elementos. Entre ellos, el rechazo de gran parte de la ciudadanía hacia las fuerzas políticas que han dirigido el país en los últimos años, así como por el virtual triunfo del candidato opositor Andrés Manuel López Obrador y por un clamor generalizado a favor de un cambio que ponga fin al estancamiento económico, la crisis de inseguridad y la corrupción que afecta al gobierno. En la presente reflexión quisiera plasmar los factores que, a mi juicio, han construido el escenario de la contienda electoral.

Sin lugar a duda, el desastre del gobierno de Enrique Peña Nieto ha influido considerablemente en la amplísima ventaja de que, según todas las encuestas realizadas desde diciembre, mantiene el candidato de centro-izquierda Andrés Manuel López Obrador, abanderado de la coalición «Juntos haremos Historia» (formada por Morena, el Partido del Trabajo –PT– y el Partido Encuentro Social, PES), respecto a sus oponentes más cercanos. Esto son José Antonio Meade, de la coalición «Todos por México» (compuesta por PRI, Partido Verde Ecologista de México –PVEM– y Nueva Alianza, PANAL) y Ricardo Anaya, de «Por México al Frente» (en la que se integran el Partido de Acción Nacional –PAN–, el Partido de la Revolución Democrática –PRD– y Movimiento Ciudadano, MC).

Al menos, han sido tres los factores que han creado el hartazgo social hacia el actual gobierno de Peña Nieto. En primer lugar, la crisis de violencia e inseguridad que afecta al país. Según las cifras presentadas por medios nacionales, tan solo en 2017 se registraron 25.300 homicidios dolosos, es decir, un 23% más que los que hubo en 2016.

Si bien estos asesinatos se relacionan con el crimen organizado, especialmente el narcotráfico —aunque no únicamente con éste—, los delitos comunes también han ido al alza en casi todos los estados. En la Ciudad de México, por ejemplo, el robo a transeúntes creció un 8% y los asaltos en el sistema de transporte público, especialmente en el metro, también aumentaron. En el resto de territorios, la crisis de seguridad también se ha sentido con fuerza. Particularmente dolorosos para la sociedad fueron los 914 feminicidios registrados tan solo durante los primeros seis meses del año pasado, así como el asesinato de jóvenes universitarios y los miles de desaparecidos que la violencia ha generado.

Además, el proceso electoral que hoy vive el país no ha podido esquivar la mencionada realidad. En lo que va de la campaña, 103 candidatos a diversos puestos de elección popular han sido asesinados. En consecuencia, estos comicios pasarán a la historia como los más sangrientos que haya vivido México en las últimas décadas.

Por otro lado, el encarecimiento de la vida ha encendido la ira en contra del actual gobierno. Al inicio de su administración, el presidente Peña anunció un ambicioso programa de medidas que –dijo– mejoraría la calidad de vida de la población. Así, por ejemplo, el ejecutivo defendió la idea de que la reforma energética permitiría una reducción en los precios de los combustibles y de las tarifas de luz. Sin embargo, el costo de las gasolinas y el gas LP se ha incrementado, al tiempo que el importe de la canasta básica que consumen las familias mexicanas también se ha elevado.

Finalmente, los escándalos de corrupción que han envuelto al presidente Peña y a su partido, el PRI, han hecho crecer el enorme rechazo social hacia las fuerzas políticas que respaldan al actual gobierno. Así, los millonarios desvíos de recursos públicos orquestados por gobernadores priistas –algunos de los cuales se encuentran encarcelados bajo proceso judicial– y por funcionarios de la administración federal, que hasta el día de hoy gozan de total impunidad, han minado todo rastro de confianza hacia el partido gobernante. Una situación que ha complicado muchísimo la campaña de su candidato a la presidencia, José Antonio Meade, quien se halla estancado en un tercer lugar de las encuestas, superado en más de 30 puntos por el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador.

Las crisis de los partidos.

Sin embargo, la abrumadora ventaja que ha logrado mantener Obrador no se debe únicamente a la crisis que enfrenta el actual gobierno federal. Mucho han influido los problemas internos que padecen sus dos principales oponentes.

En primer lugar, el hecho de que una parte del PRI no haya visto con buenos ojos la designación de Meade como candidato a la presidencia, ha dificultado mover la maquinaria corporativa de ese partido en favor de su abanderado. Además, a nivel estatal, el PRI no ha logrado concretar alianzas con las fuerzas que lo han venido apoyando. En Chiapas, por ejemplo, el PVEM rompió la coalición electoral que mantenía con el PRI y postuló, junto con algunos partidos locales, a un candidato propio. Eso mermó aún más la fuerza priísta en dicho territorio, que posee uno de los padrones de votantes más numerosos del país.

Por otra parte, el PAN sufre una fractura interna que, al calor de lo que parece ser la inminente derrota de su candidato, se profundiza todavía más. Las querellas dentro de la formación conservadora se iniciaron tras la disputa que entablaron su abanderado actual, Ricardo Anaya, y Margarita Zavala, esposa del expresidente Felipe Calderón.

La designación del primero como candidato panista generó la ira de los simpatizantes de Zavala, quienes acusaron a Anaya de haber secuestrado el partido y de imponerse de manera antidemocrática. Lo anterior provocó la salida de Zavala del PAN y que se presentara a los comicios al frente de una lista independiente. Sin embargo, el pasado mes de mayo Zavala decidió renunciar a sus aspiraciones presidenciales…

Además, y para infortunio de Anaya, la coalición que encabeza –el «Frente por México» (PAN, PRD y MC)– nunca cuajó. De hecho, muchísimos militantes del PRD se fueron a Morena o han anunciado públicamente que votarán por AMLO. Mientras escribo estas líneas me entero de que la exgobernadora perredista de Zacatecas, Amalia García, ha renunciado a su militancia al PRD, por estar en desacuerdo con la postulación de Anaya como candidato presidencial.

En esta misma línea, varios grupos del PAN jamás comulgaron con la idea de aliarse a un partido –el PRD– con el que no sienten ninguna afinidad. El caso más evidente se encuentra en la Ciudad de México. Allí, una parte de la militancia conservadora no votará por la candidata del Frente, Alejandra Barrales. Apoyarán al cabeza de lista del PRI, Mikel Arriola, que se ha pronunciado a favor de derogar las leyes del aborto y del matrimonio igualitario. Sin embargo, todo indica que la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, ganará los comicios en la capital de la república.

Pero los problemas en el interior del PAN y del Frente no son los únicos que han debilitado la candidatura de Anaya. Los escándalos de corrupción que éste ha enfrentado –ha sido acusado de lavado de dinero– han ensombrecido aún más su campaña y lo han estancado en un lejano segundo lugar. De hecho, López Obrador le aventaja en más de 20 puntos en los sondeos. Asimismo, sobre la imagen de Anaya pesa el imborrable recuerdo del decidido apoyo que, al inicio de este sexenio, brindó al gobierno de Peña Nieto, cuando era líder de la bancada del PAN en la cámara de diputados…

La desbandada hacia Morena.

En consecuencia, las crisis que viven el PRI y PAN le han venido como anillo al dedo a López Obrador. En primer lugar, muchos de los políticos disconformes con las decisiones de sus partidos se han sumado a su campaña y han conseguido ser postulados por Morena para diversos puestos. Por ejemplo, el exlíder del PVEM en Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, resolvió abandonar su formación una vez que le fue negada la candidatura a la gubernatura del Estado por parte de la coalición en la que se integraba su partido. Acto seguido, Ramírez mostró su respaldo a López Obrador y se convirtió en el abanderado de «Juntos haremos historia» al Senado por la circunscripción chiapaneca.

Aunque la adhesión de estos personajes al movimiento «lopezobradorista» ha sido muy cuestionable desde el punto de vista ideológico, le ha permitido a Morena fracturar una parte importante de la estructura que antes operaba en su contra.

Por otro lado, ante el casi seguro triunfo de López Obrador, representantes de otros partidos han decidido expresarle su apoyo. Así, el actual candidato al gobierno de Morelos por el PRD, Rodrigo Gayosso, declaró públicamente su respaldo al proyecto de nación de AMLO. Lo mismo hizo el senador priísta por Tabasco Humberto Mayans. De igual forma, en Chiapas, la militancia del Verde (ya separado del PRI) y de sus aliados locales parece estar decidida a votar al cabeza de lista de la coalición «Juntos haremos historia».

Por ahora, sigue siendo un misterio lo que estos actores exigirán a López Obrador a cambio del decisivo apoyo que le están ofreciendo.

Los retos del proyecto de López Obrador.

Sin embargo, y a pesar de ser puntero en las encuestas, López Obrador no ha conseguido granjearse la confianza de diferentes sectores de la sociedad mexicana. En primer lugar, sus desacuerdos con una parte de la élite empresarial del país tocaron su cénit el mes pasado, cuando varios empresarios llamaron abiertamente a no votar por “la opción populista”, en clara alusión al candidato de Morena. La tensión entre López Obrador y los empresarios creció a raíz de la propuesta del candidato de Morena de cancelar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y de revisar el contenido de las reformas emprendidas por el presidente Peña.

Aunque López Obrador ha ido moderando su postura con respecto a estos temas (actualmente habla de concesionar el aeropuerto, no de cancelar su construcción, así como de revisar los contratos petroleros y no de derogar la reforma energética), su retórica –a veces muy repetitiva y poco clara– no termina de convencer a varios millones de ciudadanos. Se preguntan cómo hará para cumplir sus promesas de campaña, entre las que destacan la eliminación de la corrupción, la reducción de la violencia, la cobertura universal de la educación universitaria y la reactivación del crecimiento económico.

Con todo, el discurso antisistema de López Obrador y la confianza y esperanza que inspira a una inmensa mayoría de votantes, lo han catapultado hacia el indiscutible primer lugar de las preferencias electorales. A tal grado llega la ventaja de AMLO que sus oponentes, en vez buscar disputarle la victoria, se han peleado últimamente por ver quién de los dos posee el segundo lugar. ¡Vaya competencia!

De hecho, parece que, ante su inminente derrota, el PRI ha cambiado su estrategia electoral. Ahora, en vez de gastar sus fuerzas en ganar la presidencia, las concentra en impedir que López Obrador obtenga la mayoría en el Congreso para, desde el poder legislativo, frenar los cambios que un eventual gobierno de AMLO propondría.

Las irregularidades y sus efectos.

En cualquier caso, la victoria de López Obrador aún enfrenta el reto de lidiar con una intensificada guerra sucia en su contra, que en los últimos días se ha traducido en decenas de miles de llamadas telefónicas, en las que se alarmaba a la población del peligro que correría el país si él obtiene la presidencia. Además, se han multiplicado las denuncias que alertan de operaciones de compra de votos a favor del PRI, y de la entrega de tarjetas en donde el PAN ofrece hasta 1.500 pesos mensuales en caso de que su abanderado gane. El silencio de las autoridades electorales ante estas prácticas ha sido casi total, y –en el mejor de los casos– han minimizado su posible impacto en los resultados de los comicios.

Lo cierto es que la ventaja que mantiene López Obrador parece insuperable, aunque se haga uso de la maquinaria de coacción del voto que, por desgracia, caracteriza a las elecciones en México.

Vientos de cambio.

Lo que está claro es que el 1 de julio, si no ocurre nada extraordinario, López Obrador –el candidato que mejor ha sabido capitalizar el hartazgo y la ira contra el actual gobierno– ganará. Además, tras las elecciones, es muy probable que atestigüemos un cambio en el sistema de partidos de proporciones nunca vistas en el México contemporáneo.

El PRD, al perder su principal bastión político, la Ciudad de México, quedará reducido a una fuerza política agonizante. El PAN se sumirá en un periodo de ajustes de cuentas internos que solo tendrá dos posibles desenlaces: o el grupo de Anaya será eliminado políticamente, o el de Calderón-Zavala se escindirá y formará su propio partido. El PRI, por su parte, buscará atrincherarse en el Congreso y en los gobiernos locales, para, desde ahí, recomponerse. Aunque es muy probable que su militancia –sobre todo a nivel local– termine por rendirse ante el nuevo líder y pase a engrosar las filas de Morena, con la esperanza de mantener algunos de sus privilegios.

Licenciado en Historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)

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