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El cambio del sistema de partidos mexicano: de la hegemonía pragmática a la fragmentación institucionalizada

Aldo Adrián Martínez-Hernández

El sistema político mexicano ha experimentado un largo proceso de transición democrática. A principios del siglo XXI, el cambio en la concepción política de la sociedad dio cauce a la restructuración democrática del poder que venía desarrollándose desde finales de la década de 1970. La hegemonía partidista del PRI, que por más de siete décadas dominó la esencia política del país, encontraría a finales de la década de 1990 y principios de 2000 un periodo de transición hacia la pluralidad política.

Este cambio de paradigma podría encontrar en las elecciones presidenciales de julio de 2018 la culminación de un periodo de transición gestado durante las últimas décadas. En este sentido, el presente artículo intenta consolidar la idea de cambio en el sistema de partidos con base en la redefinición de la estructura de la competencia. Con ello, el texto intentará evidenciar las especificidades del sistema de partidos de México y su evolución a la luz de las próximas elecciones.

Del sistema de partidos hegemónico pragmático al multipartidismo moderado.

La consideración sobre el cambio en el sistema de partidos mexicano debe observarse desde la distribución del poder político durante las últimas dos décadas. En este sentido, se pueden establecer tres periodos de cambio. La primera etapa comenzó a mediados de la década de 1990, con las nuevas instituciones electorales autónomas y con una condición novísima que se introdujo en las elecciones de 1994, en donde la “sana distancia” entre el Estado y el partido hegemónico promovida por el presidente Ernesto Zedillo, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), anunciaba un preludio de lo que sucedería en el sistema político.

Estos cambios, motivaron (entre otros) la restructuración del poder en la Cámara de Diputados en 1997, con la pérdida de mayoría absoluta del PRI, así como la alternancia política con la entrada del Partido Acción Nacional (PAN) en el Ejecutivo Federal en el año 2000. De esta forma, se dio término a la hegemonía priísta en los dos poderes del Estado. Además, se inició una nueva forma de organización política marcada por gobiernos divididos, y en la que cobraban relevancia las alternancias partidistas a nivel gubernativo y en las mayorías relativas en Parlamento (Gráfico 1-3). Este tránsito, dio cabida a un nuevo periodo de consolidación del pensamiento democrático, que contenía la autonomía de las instituciones electorales y la concreción de una lucha social a favor del cambio en el sistema político.

Sin embargo, la continuidad del PAN en el Poder Ejecutivo tras las elecciones de 2006 trajo consigo el cuestionamiento sobre la imposibilidad de cambio en el sistema político, que no habría sido logrado durante la gestión de Vicente Fox. Unos planteamientos que estuvieron acompañados por las dudas sobre las instituciones electorales, ocasionadas por una tensa competencia política durante los comicios de 2006, los más disputados en la historia (hasta ahora).

Estas elecciones abrieron un nuevo periodo de contrastación programática, consolidando la idea de dos posiciones ideológicas latentes en el país desde finales de la década de 1980. La aparición del candidato presidencial de izquierda –Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD)– y de Felipe Calderón –presidenciable por el PAN– condujeron al país a una redefinición de la competencia electoral. Por un lado, se elevaba el clivaje continuidad y cambio del sistema político, y, por otro, se abría un esquema de competencia necesariamente ideológico.

La ideología como elemento condicionante de la competencia política había estado latente desde el siglo pasado, aunque no había logrado establecer parámetros de divergencia programática en las elecciones presidenciales. Pero esto cambió en 2006. La cerrada competencia entre la coalición de izquierda y la continuidad del proyecto neoliberal del PAN motivaron diversos cambios en la composición y reestructuración del poder en el ámbito legislativo. La nueva distribución de fuerzas en la Cámara de Diputados fue efecto de la polarización manifestada en las elecciones, las cuales abrieron un nuevo periodo en el sistema político mexicano (Gráfico 1-3 y 5).

Gráfico 1: La evolución del voto en las elecciones presidenciales (1994-2012) (%)

Fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional Electoral (INE).

La gestión del PAN durante este periodo añadió nuevos problemas al contexto político. La guerra contra el narcotráfico, la crisis económica y la falta de legitimidad debida al estrecho margen por el que vencieron los panistas, motivó que la dinámica de polarización se mantuviera en las elecciones siguientes. Los comicios de 2012 se desarrollaron en un contexto similar al de 2006. No obstante, el triunfo de Enrique Peña Nieto sobre Andrés Manuel –candidato del PRD por segunda vez– significó no solo el regreso del PRI a la presidencia de la República. También supuso la continuidad del sistema, sin cambios aparentes desde la alternancia política del 2000 (Gráfico 1).

Es a partir de las elecciones de 2012 cuando se inicia un nuevo proceso de redefinición de las preferencias políticas de los ciudadanos. El regreso del PRI a la presidencia produjo un retorno de la división de la sociedad respecto a lo acontecido durante los comicios. Algo que fue potenciado durante la gestión priísta en el Ejecutivo Federal, a pesar de los relativos avances en los procesos de negociación política entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo para la concreción de reformas estructurales y constitucionales. Los procesos sociales, la corrupción, la impunidad, la creciente desigualdad, las relaciones internacionales –principalmente con EE.UU.–, la disminución de capacidad adquisitiva de la población, el narcotráfico, la inseguridad y la violencia, intensificaron el malestar social. Lo anterior consumaba un periodo de desgaste del sistema que era evidenciado por el reacomodo de las fuerzas políticas en el legislativo. En estos términos, la evolución de la conformación del poder en el país es una clara muestra de un proceso de desgaste del modelo de representación política en manos de los partidos tradicionales, lo que asegura un contexto complejo en términos de las configuraciones del poder hasta ahora establecidas (Gráfico 1-3).

Gráfico 2-3: La evolución de la conformación de la cámara de diputados y senadores (1991-2018) (escaños por partido político)

Fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional Electoral (INE).

El ejemplo de lo anterior es el declive en la concentración del voto ciudadano en las formaciones convencionales –PRI, PAN y PRD–. Por un lado, la instauración de los gobiernos con mayorías relativas es el resultado de un amplio proceso de cambio en las motivaciones de los electores, que, a su vez, se refleja en las preferencias electorales a nivel presidencial. La tendencia a la baja en la concentración del sufragio en alguna de estas tres formaciones cuestiona la solidez del sistema a través de los nuevos mecanismos de participación política, y son efecto de una larga lucha social por una mejor representación política. Desde las elecciones presidenciales de 2000, ninguna candidatura ha superado el 40% de las preferencias electorales, lo cual promueve menores niveles de legitimidad y mayores niveles de oposición política (Gráfico 1-3).

De acuerdo con la estructura de la competencia en el ámbito legislativo, el sistema de partidos mexicano ha evolucionado –desde finales de la década de 1980– desde un sistema hegemónico hacia uno bipartidista, que llegó en los años 1990. Mientras que a partir de la década de 2000 y hasta las elecciones de 2015, el modelo imperante se ha dirigido hacia un sistema multipartidista moderado. La fragmentación electoral ha permitido no solo la entrada de nuevas fuerzas políticas, sino también el cambio de las preferencias electorales hacia nuevas formas de representación legislativa.

Tanto los nuevos partidos como el incremento del voto hacia formaciones que en la década de 1990 no habían adquirido un papel relevante, manifiestan una ruptura con el viejo esquema del sistema político mexicano. En este sentido se pueden establecer cuatro periodos de cambio en el sistema de partidos (1991-1997; 1997-2006; 2006-2012 y 2012-2015) que progresivamente han redefinido la competencia hacia una mayor fragmentación del sistema (Gráfico 4).

Gráfico 4: La evolución de la fragmentación electoral del sistema de partidos mexicano (Nepp) (1991-2015)

Fuente: Elaboración propia

Gráfico 5: La autoubicación ideológica de los partidos políticos según sus miembros
(1994-2015)(1 izquierda - 10 derecha)

Fuente: Elaboración propia con datos del Proyecto de Élites Parlamentarias de América Latina (PELA) (1994-2018) de la Universidad de Salamanca.

Los comicios de 2018

De acuerdo con lo anterior, y a la luz de las próximas elecciones julio de este año, la evolución del sistema de partidos ha evidenciado que tras las votaciones de 2006, la fragmentación electoral en los comicios concurrentes ha mantenido un nivel relativamente constante durante la última década. En cambio, no ha sido así ni en las citas legislativas –en las que la disgregación sigue en aumento desde 1997 (Gráfico 4)– ni en relación a la fragmentación ideológica, en la que los partidos han manifestado ubicaciones diversas en la escala izquierda-derecha (Gráfico 5).

Esta tendencia del sistema de partidos mexicano es indicativa de la importancia de las elecciones presidenciales para la estabilidad del sistema. Sin embargo, a pesar de que la fragmentación en los comicios concurrentes ha manifestado cierta estabilidad, institucionalizando un sistema multipartidista moderado, la entrada de nuevas formaciones y el incremento del voto hacia novedosas formas de representación política –como los candidatos independientes–, así como la polarización y la divergencia ideológica, prometen un cambio en la estructura del sistema de partidos.

A nivel presidencial, los sondeos han evidenciado la misma tendencia que en las elecciones anteriores (2006 y 2012). Los comicios de 2018 manifiestan la relevancia de tres fuerzas políticas, aunque dos con mayores posibilidades. Esta realidad promueve un escenario más parecido al de 2006 en términos niveles de polarización altos, y más próximo al 2012 sobre la diferencia entre el primero y el segundo lugar. Con respecto a la polarización política, se encuentra justificada por dos polos ideológicos, aunque pragmáticos por las inconsistencias ideológicas en su interior (Gráfico 5 y 6).

Gráfico 6: La evolución de la intención de voto para las elecciones presidenciales 2018 (% por partido / coalición y candidato)


Fuente: Elaboración propia con datos Oráculos, CEDE e Instituto Nacional Electoral (INE).

* Los resultados se obtienen del promedio de diversas encuestadoras: Parametría / Consulta Mitofsky / Varela y Asociados / Polymetrix / MásData / El Debate de Culiacán / Suasor Consultores / Buendía&Laredo / DEFOE-SPIN / Ernesto Ceballos Celexis

El primer bloque está representado por dos coaliciones. En primer lugar, está México al Frente, integrada por Movimiento Ciudadano (MC), PRD y PAN, con Ricardo Anaya como candidato presidencial. Y, además, se debe mencionar a Todos por México, compuesta por el PRI, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido Nueva Alianza (PANAL), con José Antonio Meade como cabeza de lista.

El segundo bloque se encuentra representado por Juntos Haremos Historia, integrada por el Partido del Trabajo (PT), el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y el Partido Encuentro Social (PES), con AMLO de aspirante presidencial.

Asimismo, también están los candidatos independientes, como actores alternativos a la política tradicional. Este esquema de competencia manifiesta la división bipolar de la sociedad. Por un lado, está representando el mantenimiento del modelo político y la estabilidad de las políticas económicas desarrolladas durante las últimas casi tres décadas. Y, por otro, la transformación del sistema político, económico y social del país (Gráfico 5 y 6).

Por ello, dos consideraciones finales. La primera está asociada al deseo de cambio democrático, que fue la bandera del triunfo del PAN a inicios del siglo XXI. La alternancia política fue la panacea de las ilusiones pluralistas y ansias democráticas de la sociedad mexicana. No obstante, las nulas consecuencias que tuvo en los procesos internos del sistema político hicieron que se mantuvieran las instituciones del sistema dominante anterior. El desencanto arrastrado durante los últimos veinte años de desilusión política, y que involucran al menos dos generaciones de ciudadanos que crecieron con la promesa democrática, hoy amenazan con variaciones profundas en su concepción de la política del país. Las elecciones presidenciales de 2018, a pesar de otorgarle el virtual triunfo del candidato de izquierda López Obrador, dejan a la sociedad a la espera de transformaciones profundas del sistema político mexicano, que hasta ahora ha manifestado claras muestras de un desgaste progresivo e irreversible.

Aldo Adrián Martínez-Hernández es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Salamanca, e investigador del Instituto de Iberoamérica.

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