Firma Invitada

Balance de las elecciones presidenciales en Colombia 2018

Ángel David Acosta Forero

El pasado 27 de mayo se celebraron en Colombia las primeras elecciones presidenciales en las que las FARC ya no eran una organización guerrillera armada. Se acogían a las reglas de la democracia liberal. Por tanto, se ha pasado de hablar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) al partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC).

Este hecho implicó el fin de un conflicto armado con más de 50 años de historia –el más viejo del continente–, así como un vuelco en el panorama político del país, asociado a la constitución de nuevas fuerzas. De hecho, el 27 de mayo se disputaron en las urnas seis propuestas, destacando –sobre todo– tres de ellas. La primera estaba personificada en Iván Duque, apadrinado por el expresidente Álvaro Uribe y sin una gran experiencia política, salvo por su puesto de senador entre 2014 y 2018. La segunda era la candidatura de Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá y antiguo militante de la guerrilla urbana M-19, que fue desmovilizada en el proceso constituyente de 1990. Y, en último lugar, se encontraba Sergio Fajardo, exgobernador de Antioquia y antiguo alcalde de Medellín. Su gestión fue admirada a nivel nacional.

De esta contienda salieron dos nombres para la segunda vuelta: Iván Duque, con un proyecto de corte conservador, y Gustavo Petro, con unas propuestas altamente progresistas. Ambas visiones han estado muy enfrentadas entre sí en temas como la paz, los derechos sexuales y reproductivos, el modelo de desarrollo o la política exterior del país.

En este contexto tuvo lugar la segunda vuelta, que se desarrolló el pasado 17 de junio. Las campañas de los dos candidatos se centraron en resaltar la historia pasada del contrincante. Respecto a Duque había muy poco que decir, más allá de su poca experiencia, de las alianzas que tejió –realizadas con la clase política tradicional y altamente cuestionada del país– y del nombre de su padrino, el expresidente Álvaro Uribe, en cuyos gobiernos se presentaron graves crímenes contra los derechos humanos. En éste último elemento fue en el que recayó la propaganda de la campaña de su oponente.

Y en relación a Gustavo Petro, el uribismo hizo hincapié en el izquierdismo de sus propuestas. Unos argumentos que se vieron favorecidos por el debate sobre Venezuela. Desde la derecha, también se resaltó el paso de Petro por el M-19, a pesar de estar acompañado por un amplio sector del movimiento social.

Ambos bandos intentaron disputarse el capital electoral que había concentrado Sergio Fajardo en la primera vuelta. Sus apoyos resultaban fundamentales para conquistar la presidencia de la república. Sin embargo, Fajardo promovió el voto en blanco, dando libertad a sus electores.

Todo ello, unido a factores como una gran cultura política parroquial –generada por el abandono estatal–, el surgimiento de caciques electorales afines al uribismo y la elaboración de un discurso desfavorable al progresismo por parte del gobierno y los medios de comunicación, generó que gran parte de la población rechazase cualquier expresión cercana a la izquierda. Esto jugó un papel crucial para posicionar a Iván Duque como presidente del país. Sin embargo, los resultados no fueron tan positivos para los conservadores, ya que ganar con un 53% implica gobernar en un país totalmente dividido y con pocos visos para la reconciliación.

No obstante, también hay que hablar de la subalternidad que logró visibilizarse en el proyecto de Petro, pues alcanzar un resultado del 41% con propuestas que ni siquiera se pensaron en debatir en ninguna de las elecciones anteriores, se constituye como algo histórico. Se trata, en consecuencia, de un gran avance. Implica reconocer la labor de diferentes sectores sociales, como los jóvenes, los indígenas, los sindicatos, las mujeres y el movimiento de víctimas, que han marcado el surgimiento de una nueva fuerza política.

Una realidad que ha aparecido en un contexto determinado, el del posacuerdo de paz, y que supone la renovación de la clase política, al mismo tiempo que marca un rechazo a lo que Álvaro Uribe representa. En definitiva, señala la disconformidad de parte del electorado con una clase política altamente cuestionada y de ideas conservadoras, basadas en la fe religiosa y en el libre mercado.

Por tanto, los retos del nuevo gobierno son enormes. Los posacuerdos de paz, la alta polarización existente en el país tras las campañas presidenciales y la visibilización que está tomando la corrupción, implican grandes acciones que se deben enmarcar en un gran acuerdo colectivo que –ante el panorama del país– resulta altamente complejo de integrar y lograr.

Estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Colombia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.